Esta vez el cronista de Fortuna desea dar unas pinceladas en torno a la tarea del vocero de la historia de un pueblo, ciudad, aldea que a veces se pierde en la niebla del paisaje, relator de esa crónica inédita que se conserva en el archivo de sus habitantes. En los rincones más solitarios del lugar.
Al hablar del lugar nos referimos a un paraje o pago no identificado, apartado donde apenas existe un pequeño caserío con exiguos labradores que trabajan de sol a sol. Espacios de trashumancia, ya perdidas, pero donde se habla de sendas y cordeles, abrevaderos y aljibes.
Son desconocidos, apenas dos o tres personajes que pasan los ochenta años, conservan sus fotografías en vetustas paredes desolladas por el tiempo, acaso un pequeño pozo de agua en una esquina de la casa o un abrevadero empeñado en dar vida a las ovejas.
Conforman el patrimonio el lugar tan escuálido como el perro del labriego de más edad. En nuestra literatura picaresca se habla de cómicos que van de ‘lugar en lugar’ para celebrar sus representaciones teatrales, lo que solían hacer en un carromato, como dice Cervantes, con referencia al carro de la muerte.
De sitio en sitio acudían sus cómicos, bululús de nostalgia endosados en sus disfraces en pos de ejercer de reyes o de la muerte que no ceja de llevarse consigo al más pintado. De aldea en aldea de baja población iban estos vagabundos en compañías agoreras para mal vivir y pasar la noche en blanco junto al río que los acoge.
Son las sumisas aldeas o entidades locales de menor o mayor tamaño que se acurrucan en los linderos de montes y pradera de nuestra amada España que se mantienen en dignidad y belleza dando testimonio de su intrahistoria, dejando sus muros y piedras cargadas de viejos anales, sus iglesias en una pose de beatitud que emulan a las grandes catedrales.
Cuando no nos incita el paisaje montaraz que pulula por su entorno. Y es que hay otra manera de ser vocero de cualquier lugar geográfico menuda aldea que es olvidada. Allí donde como advierte Unamuno queda el silencio del alma donde el cronista atisba la grandeza y elucubras sobre el más allá. Donde el águila fugaz se sume en el etéreo espacio de su dominio.
Y ello es de tal guisa que el diestro cronista del pueblo agita su alma entre unas percepciones de carácter poético desprendiéndose de la narración extensiva y farragosa de la presencia del personaje de turno en la localidad o la futesa descripción de las batallas habidas en este u otro lugar.
Y no es que este cronista reniegue de investigar en torno a la historia del pueblo donde habita y posee ese privilegio de su calidad de vocero. Es que conviene no olvidar la otra crónica del alma, referir vivencias estéticas y éticas ante la versión de momentos preclaros de la naturaleza… Y no nos olvidamos del cronista urbano contagiado por el humo de las chimeneas y olor del asfalto, dominado por el trajín urbano y lo kafkiano de una administración repudiable, pues habría que dedicar sus crónicas a destacar, de vez en vez, la presencia del otoño o la primavera, la cadencia del sol iluminando, al atardecer, con sus pinceladas doradas los monumentos preclaros de la ciudad. Creemos que el cronista de un pueblo o ciudad es un privilegiado capaz de despertar ante los demás sensaciones y conocimientos inéditos… Pero utilizando su saber y dejando hábiles metáforas den sus textos.
















