La política fiscal es uno de los aspectos de la política económica que diferencia derechas e izquierdas de manera bastante clara. Si entre negro y blanco existen gradaciones, el abanico entre una posición extrema del arco político y el lado opuesto, también en materia fiscal, tiene sus escalones y matices. Puede entenderse que hasta uno de los hombres más ricos de la Tierra tenga un pensamiento lógico lejos de sus posiciones naturales, la que en su situación de opulencia le sería quizá más natural. Bill Gates, fundador de Microsoft, ha opinado sobre el pago de impuestos en una entrevista con el medio australiano ‘Financial Review’: «En el próximo lustro, el mundo necesitará cambiar las estructuras fiscales en vista del avance de la IA en la economía global. Se podría intentar desplazar la carga fiscal del trabajo, al menos del trabajo de ingresos medios o bajos, al capital, o específicamente a los robots o la IA».
Primar más a las personas que a las máquinas
Mientras el manual de la derecha estricta aboga por reducir impuestos pese al riesgo de desconclinar las arcas públicas, restar recursos a servicios o mermar el peso de las decisiones de lo público en la economía, Gates defiende una estrategia redistributiva básica para evitar que el mundo se desgobierne, primar más a las personas que a las máquinas. El trabajo asalariado y el emprendimiento deben ser mimados frente a las rentas del capital como principio de una sociedad sana. No le falta razón a Gates. En unos momentos en los que la robotización y la inteligencia artificial pueden eliminar trabajos de todo tipo, las cargas fiscales van a tener que ser replanteadas desde el Estado. De lo contrario, las plusvalías generadas por la automatización van a crear un abismo de rentas entre los propietarios de los medios de producción y la mayoría social. Una nueva era industrial amenazante para las mayorías.
Objetivos como grupo e individuales
Pero no hay que tener alma de cántaro y creer que las políticas económicas redistributivas llegan con facilidad. Si las mayorías fuesen plenamente conscientes de sus intereses como colectivo, las elecciones siempre se decantarían hacia un lado de la balanza política. Pero el individuo y sus objetivos personales marcan el ritmo global y los vaivenes políticos.
Sandisk, 25.000 euros a un millón en un año
En la bolsa, los intereses personales priman frente a lo colectivo, pero todo depende de lo que marquen las mayorías y sus vaticinios para crear tendencias bursátiles que seguir. Resulta que si hace un año se hubiesen invertido 25.000 euros en la firma de memorias Sandisk, a día de hoy el inversor dispondría de acciones por un valor de un millón de euros. No es la bolsa un instrumento para redistribuir la renta precisamente y Hacienda supervisa los beneficios derivados de activos bursátiles y también en criptomonedas.
Declaración de la renta y bitcóin
En plena campaña de la renta pervive el tópico falso de que tras hacer la declaración de la renta recibir dinero es bueno y pagar es malo. Lo cierto es que ambos resultados solo reflejan cómo se han distribuido los pagos durante el año. Cuando el resultado sale a pagar, lo más habitual es que se deba a retenciones de IRPF bajas, que aumentan la liquidez mensual, pero se corrigen después. La inversión en criptomonedas puede ofrecer situaciones similares a la de Sandisk, el pelotazo soñado, al menos de manera potencial. Y el tratamiento fiscal de las criptos está en proceso de reinvención y ajuste en España y en el mundo.
En cuestión de criptomonedas, el contribuyente tiene que declarar todas las ganancias que haya obtenido y las pérdidas que haya sufrido tras la venta o intercambio de criptomonedas (permuta). Este año el tipo impositivo ha subido, y se sitúa entre un 19% y un 30% de lo ganado. La venta de criptos por dinero en metálico tributa como si se vendiera una acción, un fondo cotizado (ETF) o un fondo de inversión. Las pérdidas y las ganancias se calculan por diferencia entre el valor de transmisión y el valor de adquisición. Si se vende un activo por dinero, el valor de transmisión es el importe al que se han vendido los activos y no puede ser inferior al precio de mercado. En el caso de permuta de criptomonedas, en cambio, será el mayor entre el valor de mercado de los activos entregados y el valor de mercado de las criptomonedas recibidas.
Todo funciona por el principio ‘la primera que entró y la primera que salió’. Hacienda considera que se venden siempre las primeras criptos que se adquirieron, no las más recientes. Si se pierde, esas pérdidas compensan otras ganancias durante cuatro años.
Mecanismos de compraventa
En la inversión en criptos no se gana dinero solo vendiendo los activos o intercambiándolos: también se pueden obtener rendimientos por lo que se llama ‘staking’, que consiste en bloquear los activos digitales para respaldar la seguridad y las operaciones de una red blockchain concreta y lograr por ello una rentabilidad. Los rendimientos del ‘staking’ tributan como intereses de una cuenta y se incluyen en la declaración de la renta tal y como se hace con los depósitos bancarios, en el apartado de rendimientos mobiliarios.
En el caso de los ‘airdrops’, o pagos recibidos en especie en forma de criptomonedas, hay que incluirlos en la declaración de la renta con el valor que tienen en el momento en el que se reciben. Se consideran una ganancia patrimonial y tributan en la base general del IRPF, donde los tipos impositivos pueden llegar hasta el 47%, dependiendo de los ingresos del contribuyente y de la comunidad autónoma. Hay que ser consciente de que cualquier plusvalía lograda tendrá que cotizar tarde o temprano para estar dentro de la ley. Y cada vez más los impuestos gravarán más esos ingresos extras que los que procedan del trabajo. Los impuestos sobre los beneficios generados por IA o robots deberán aumentar. O reducir los impuestos a las rentas del trabajo y a la emprendiduría. Todo es cuestión de matices, no solo de entender los impuestos como algo positivo o negativo. Lo que se logra a cambio es lo primordial, el contexto social y las expectativas.















