La sexta. Porque este equipo de época no merece menos. Porque ha sufrido, ha llorado pero también ha sabido disfrutar y regalar un fútbol que le ha permetido imponerse a todo un Bayern de Múnich (4-2). La sexta final consecutiva de la Champions y Oslo ya espera en la cita del 23 de mayo contra el Olympique de Lyon.
Se repitió el guion del partido de ida. El Barça controló el esférico, bien plantado sobre el césped, y empezó a crear. En el Camp Nou se respiraba esa energía de día grande, histórico si nos atrevemos. Se sentía que, pese a que todo podía pasar, el Barça estaba preparado para todo. Las jugadoras lo sentían también. Y, en momentos así, es donde las futbolistas se transforman. Salma Paralluelo no está teniendo la mejor temporada, no ha vuelto a ser la misma, con el desborde eléctrico que la caracterizaba. Y contra el Bayern se encontró. El esférico salió despedido de las botas de Caroline Graham Hansen, dibujando una parábola perfecta que Salma remató a la altura del segundo palo. La diana adelantaba al Barça en el duelo y en la eliminatoria.
La aparición de Alexia
Pero le duró poco al Barça la superioridad. El Bayern aprovechó una pérdida de balón de Irene Paredes y el conjunto alemán salió en tromba hacia el área azulgrana. Pernille Harder, en una tremenda galopada, asistió a Dallmann, que se recorrió plácidamente toda la banda sin oposición alguna de las jugadoras culés. Se plantó dentro del área y envió el balón con mucha calma al fondo de la red. Cata Coll se quedó petrificada en su sitio y no se movió para atajar el balón.
Se reseteó, por segunda vez, la eliminatoria. Pero apareció ella. La de siempre. Porque ella siempre está, no solo en el terreno de juego. Es mucho más que una futbolista. Alexia Putellas es el Barça y siempre aparecerá para poner al equipo en el lugar que se merece. La capitana enganchó un balón muerto en el área tras un disparo de Salma. Es un ídolo, una relación de amor puro. Y volvimos a tener la imagen: su reverencia de rigor en el Camp Nou. La última fue en el córner izquierdo de la portería; esta vez corrigió a media carrera para irse al derecho, delante de la grada de animación, mientras se besaba el escudo. Celebró con sus compañeras y, al terminar, sola ante su pueblo hizo la reverencia más icónica del mundo del fútbol.
Un talento sin igual
El descanso dio aire y paz a las culés. Por delante en el marcador, aunque con un resultado ajustado, el parón insufló fuerzas al equipo de Pere Romeu. Y se iba a encargar pronto de ampliar esa distancia Ewa Pajor. La polaca es un talento sin igual. Salma Paralluelo centró un balón, esta vez alto, que la delantera remató con un testarazo imparable. Arrancó como alma que lleva el diablo hacia el córner, perseguida por todas sus compañeras. Ondeaban las banderas en el Camp Nou, totalmente teñido de azulgrana.
Oslo ya aparecía en el horizonte. Y Alexia volvió a acercarlo un poco más. Con un remate acrobático y de espaldas a la portería, lo levantó lo justo por encima de la guardameta alemana. La Reina selló su gol 232 con el Barça, igualando a César Rodríguez y colocándose como la segunda máxima goleadora de la historia de la entidad. En el 87 la grada volvió a estallar. Este vez, con cierto sabor a despedida. Alexia se quitaba el brazalete y buscaba a Patri Guijarro. Ambas se daban un abrazo largo, con mucho peso. El testigo, la responsabilidad de guiar al equipo, puede que no solo en lo que quedaba de partido. Se marchó ovacionada por su gente, que coreó su nombre, para que siempre quede en la retina de aquellos que la vieron si. cuando acabe la temporada, no vuelve a vestir la camiseta azulgrana. Alexia se quedó llorando en el banquillo, muy emocionada.
Regreso de Aitana
El rugido de las gradas no se apagó tras el tanto, ya que las miradas se desviaron a la banda. Aitana Bonmatí se quitaba el peto y se ajustaba la cinta del pelo. Volvía la mejor jugadora del mundo 154 días después de la lesión por la que tuvo que pasar por quirófano. El Camp Nou la aclamó con una ovación ensordecedora cuando volvió a pisar el verde. De nuevo, el Barça volvía a tener su centro del campo de gala.
Cuando aún no había terminado de asentarse en el campo, envió un balón horizontal que no llegó a destino. Lo robó antes el conjunto alemán, que mediante Pernille Harder recortó distancias en el marcador. La danesa colocó el balón por debajo de las piernas de Irene Paredes, alejándolo lo justo para que no llegara Cata Coll, pese a lanzarse a por él. Y se volcó el Bayern tras el gol. Dos balones al travesaño en menos de 10 minutos confirmaron las sensaciones de que las alemanas querían aun ese billete a la final.
Y lo luchó hasta el final. Y casi lo logra. Volvió a aparecer Harder para rebentar un balón al techo de la red, superando de nuevo a Cata Coll. Terminó salvándolo un fuera de juego previo para la tranquilidad de las culés.
El sufrimiento se esfumó cuando Frappart cogió el silbato y selló el partido. El Barça está en Oslo, en su sexta final de la Champions consecutiva. La sépitima en total. Para un equipo de epoca que vivió una nueva tarde mágica en el Camp Nou. Donde la alegría y la tristeza se enredaron, celebración plena con regusto a despedida.
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