Convertida en una radiante alma al servicio del arte en el ‘Lux tour’, Rosalía se transforma en una vecina más, eso sí, de aura divina, solo cuando pisa la tierra que aún recuerda la evolución de sus huellas. Y, claro, eso ocurre en Barcelona, donde este sábado concluyó su regreso a casa con el último de sus cuatro conciertos en el Palau Sant Jordi, donde la nostalgia y la memoria (ya sea por la presencia en el recinto de su abuela, como ocurrió el miércoles, o simplemente por la alegría del rencuentro momentáneo) hacen permeable un guion preciso y un espectáculo majestuoso de una artista con mil texturas, aterciopelada, rugosa, punzante.
Rosalía salió delicada de nuevo esta noche de una gran caja escondida tras un enorme lienzo. “¿Yo? Una obra de arte”, viene a decir. Nadie dijo que no al empezar, nadie pudo pestañear al terminar, convencidos algunos que si alguien puede transitar por ese largo y sinuoso camino entre el mundo y Dios, en el que nos sitúa con la apertura de ‘Sexo, violencia y llantas’, es ella, con el don del descaro, aprendido “por ahí por Barcelona”, como respondió el Sant Jordi durante ‘Reliquia’ y con una Rosalía casi levitando como bailarina clásica. “Barcelona me conmueve, me lleva hacia atrás y me hace ilusionar hacia adelante”, dijo, emocionada al tomar por primera vez la palabra en la reunión de vecinos.
Los idiomas y la voz cimentan el monumental ‘Lux’, y el catalán, lucido con orgullo por el mundo y en casa, brilla en ‘Divinize’ y sus ramas electrónicas. Lo dejó para agradecer a sus maestros, en particular a su profesora de ballet, Tatiana, presente anoche, en un discurso humilde cerrado de manera brillante: “Ojalá pueda ser estudiante siempre”. Quien lo diría tras el silencio absoluto de un público anonadado durante la magistral ‘Mio Cristo piange diamanti’ y su atronador final. “¡Al cielo con ella!”, se escuchó.
Pero Rosalía es pureza y libertad, cabalga hacia los muchos horizontes que se plantea, como cuando a lomos de la poseída ‘Beghain’ volvió a ‘Motomami’ recordando y animando a la “Barcelona poderosa” a que se desmelerana a través de la genial ‘Saoko’, que dio paso (no hubo novedades en el ‘setlist’ de la gira) a ‘La Fama’, ‘La Combi Versace’ y ‘De Madrugá’.
Perlas y rumba
Hizo presencia la juguetona Gioconda ‘montserratina’ con la versión de ‘Can’t take my eyes of you’ como preludio de un ‘confesionario’, escena esperada y viral que da pie a ‘La Perla’, sorpresa. Se confesó el polifacético Rojuu, primera ‘confesión’ de la gira protagonizada por “un perla reformado”. “Soy la perla, conocí al amor de mi vida y la situación me quedó enorme”, empezó buscando redimirse. Lo logró, a juzgar por la sonrisa cómplice de la sacerdotisa, hostil tan solo para los fotoperiodistas, a los que no se les ha permitido el acceso
Barcelona decidió acompañar la belleza de ‘Sauvignon blanc’ tan bien como supo mientras Rosalía, tumbada sobre un piano de cola blanco domado por Llorenç Barceló, agitaba los brazos como Yudania Gómez lo hace dirigiendo la orquesta en el centro de la pista. La “Barcelona poderosa” se manifestó de nuevo en ‘La rumba del perdón’, con sus “nonainoná” y sus palmas acompasadas (y algunas que no), porque por eso, gritó la artista con orgullo, esto es “tierra de rumba, de rumba catalana”. Y desde esta semana, además, purificada por el ‘botafumeiro’ de ‘CUUUUuuuuuute’.
La Rosalía traviesa, con alas de ángel, quedó para el final (mención para el mambo contagioso ‘Despechá’), tramo en el que destaca la puesta en escena y la liberación incendiaria de ‘Focu ‘ranni’. Una despedida ya como ser bendecido, con el adorno floral para acabar de ‘Magnolias’, que le sirve para tener plaza para siempre en el cielo de la “Barcelona poderosa”.
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