Reagan, los Bush, Clinton, Obama, Gore, McCain y muchos más han pasado por la picadora del late night, el formato televisivo estadounidense que ametralla con la sátira a última hora de la noche (a eso de las 23.30). Trump no podía ser menos. Es lo que le correspondía a un presidente que derrama por cada poro de su piel anaranjada una fantástica atracción para la burla. Pero como ha relatado el humorista Stephen Colbert, meteorito de esta máquina de la felicidad (como él mismo definió el género), la complicación radica en que el mandatario republicano no soporta la broma y encima ve demasiada televisión. Es un adicto, pero no de talento.
The Late Show with Stephen Colbert, once años (el programa tiene 33 de historia) en la CBS, es uno de los damnificados de la reconversión televisiva que se produce en EEUU, donde los cimientos de las audiencias se remueven por cambios de hábitos forzados por las plataformas digitales, las fusiones multimillonarias y las extralimitaciones de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) con su cancerbero Brendan Carr al frente.
Este sarcasmo liberal macerado en el tiempo por encorbatados (Sullivan, Carson, Letterman, Leno, O ‘Brien, Maher, Stewart, Kimmel… hasta llegar a Colbert), que le toma el pelo al poder, decae cada vez más por la intromisión republicana, auspiciada por el ideario MAGA que exige lealtad al presidente y que odia todo lo que huela a woke.
El desafuero trumpista no pudo con Jimmy Kimmel en la cadena integrada por ABC y Disney, aunque fue puesto en el patíbulo de la cancelación por una opinión en su programa después del asesinato del comentarista ultraconservador Charlie Kirk. El comediante argumentó que se refería a la falange de MAGA, mientras el ogro vaticinaba que empezaba la caída una detrás de otra de las piezas de ajedrez de una partida que ponía en tela de juicio la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense: la libertad de expresión. Los boicots contra la compañía arreciaron y hubo marcha atrás.
La ofensiva contra los medios no afectos se mantuvo. Y ahí la punta de la lanza se empeñó en clavar la cabeza de la bestia del formato de las risotadas, nada menos que Stephen Corbert, una mente amueblada con una memoria prodigiosa y el culpable de que tantos y tantos estadounidenses no hayan querido irse a la cama después de ponerse el pijama y calzarse las pantuflas.
Para autorizar la fusión con Skydance Media, el presidente reclamó una pieza de caza mayor a Paramount: nada menos que el despido del humorista estrella y de paso un ajuste rudo de la línea editorial de los informativos de CBS. La atención a las política de diversidad, equidad e inclusión se fueron por las alcantarillas. La Casa Blanca hasta les coló un defensor del televidente por aquello de la pureza ideológica.
Se perdía un activo del humor, pero Trump iba a tener que tragarse un buen manojo de hierbas amargas. El 21 de mayo se bajaba el telón de una etapa mítica de la televisión de entretenimiento, pero con todo un récord de seguidores frente a los monitores: alrededor de 6,74 millones de personas. Algo extraordinario. Colbert se superaba a sí mismo y dejaba muy atrás a sus colegas del género. La noche en el Teatro Ed Sullivan, donde en 1964 The Beatles ofrecieron su primer concierto televisado, se alargó más de media hora de lo habitual. El último entrevistado fue Paul McCartney, un pedestal inequívoco a favor de la libertad de creación en tiempos correosos. Rodeado de la solidaridad de los compañeros de profesión, que decidieron irse al negro como muestra de apoyo, omitió en su tradicional monólogo de arranque cualquier mención a Trump. La gran novedad fue un agujero de gusano, un atajo hipotético a través del espacio-tiempo. Toda una alusión sobre cómo escapar de las estrecheces de pensamiento.
Herederos de aquella radio que cerraba el paso a la soledad, pero también de los últimos restos de esas corporaciones gigantes que tan bien auscultó IIya Ehrenburg en su clásico La fábrica de sueños, un capitalismo que trabaja ahora en la mutación de los contenidos y al que no le importa espolear una reedición de la caza de brujas macartista. Colbert y los suyos, los últimos engrasadores de la máquina de la felicidad, tratan de encontrar un hueco en el ecosistema de la tecnopolítica (otros lo llaman tecnofascismo). Late night, que estas en los cielos.










