Si ponemos la mirada de nuestra memoria en el texto del evangelio que proclamamos en la Vigilia Pascual escuchábamos cómo Jesús decía a las mujeres: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea”. Y en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que escuchamos el domingo de Resurrección pudimos ver a Pedro diciendo que todo empezó en Galilea.
Galilea se convierte así en el lugar al que volver para poder encontrarnos con el Resucitado. Como es evidente cuando decimos que “Galilea es el lugar al que volver” no estamos hablando de un espacio físico, un lugar geográfico. Nos estamos refiriendo, más bien, a estar continuamente poniendo nuestra mirada en el origen de nuestra fe, y eso implica estar permanentemente recordándonos que nuestra fe comienza en la sencillez (e incluso marginalidad) que representa Galilea. Por ello, cada vez que ostentamos poder, cada vez que buscamos la gloria, nos estamos alejando del encuentro con el Resucitado.
Volver al origen, volver a la esencia, debería ser una aspiración constante de la Iglesia, en cuanto comunidad, y de cada una de nosotras como discípulas de Jesús, el Cristo. Y yo creo que esto es el mensaje fundamental del texto que hoy tenemos delante.
Si nos fijamos en la escena veremos cómo el evangelista comienza diciéndonos que “estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. En definitiva, la escena nos describe a un grupo de personas, en cuyas conciencias todavía está el grito de las masas pidiendo la crucifixión de su Maestro y en sus retinas todavía está fresca la imagen de la cruz. El miedo ante el destino compartida les ha unido, pero todavía no son una comunidad cristiana, son un grupo humano reunido en torno a la cruz.
Y allí, en esa circunstancia de miedo, pero de encuentro, de unión, es donde se aparece Jesús y comienza a conducir a ese grupo humano reunido en torno a la cruz hacia ser una comunidad cristiana reunida y unida en torno a Él, como Luz de Vida y Esperanza. Este es un mensaje muy importante: con el Resucitado nos encontramos cuando estamos en comunidad, cuando vivimos en comunidad. Es cierto que la fe se inicia en el encuentro personal con Cristo… El propio Tomás tiene ese diálogo de tú a tú, sin embargo, la aparición tiene lugar en el marco de la comunidad. La fe es una opción personal vivida en comunidad.
Como decíamos allí, en aquel grupo, es donde se aparece Jesús y comienza a tejer la comunidad utilizando dos piezas importantes:
- La primera pieza es el saludo de Paz. Ha habido negación, ha habido abandono, pero el Resucitado no aparece cargado de rencor y reproche. Es la Paz la que les envía para vaciar sus corazones del miedo y llenarlos de gozo (“los discípulos se llenaron de alegría”, nos dice el texto).
- La segunda es el envío a la misión… Encerrados no son comunidad, es en la misión donde se construye la verdadera comunidad de discípulos y discípulas de ese Maestro que comenzó su predicación creando comunidad en los caminos de Galilea, en ese lugar sencillo y, como decíamos, incluso despreciado.
Jesús disuelve sus miedos desde la paz, el Maestro Resucitado rompe su encierro con el envío y así es como pasan de ser un grupo humano reunido en torno a la cruz a una comunidad cristiana unida en la misión.
En un mundo cargada de individualismo, en el que las estructuras comunitarias son utilizadas para beneficio propio, en el que hay tanta gente que solo participa de los grupos cuando puede sacar un beneficio personal, es importante que la Iglesia se convierta en referente de la vida comunitaria. Teniendo en cuenta que una comunidad no es la simple suma de individuos que se reúnen, ni tampoco un grupo que encierra y apaga los carismas. Una comunidad cristiana es el espacio en el que se vive un sueño compartido (el de construir Evangelio de Vida desde la misión) y en el que se comparten, a su vez, los miedos y las dudas.
Por eso, también hoy, la Iglesia, debería cuestionarse si está encerrada por miedo, si sigue con la mirada anclada en la cruz, porque los miedos se manifiestan de muchas maneras, a veces refugiándonos en ropajes que nos protegen de la inclemencia de los tiempos y ritos que nos hacen sentirnos confortables dentro de nuestros templos, e incluso defendiendo a ultranza nuestras estructuras y nuestros espacios de poder en la sociedad olvidando que la Iglesia no existe para sí misma, sino para la misión confiada por el Resucitado.
Volvamos la mirada del corazón a Galilea. Pasemos de ser un grupo humano que mira la cruz a una comunidad cristiana que le pone rostro al crucificado pero que se deja encontrar por el Resucitado. Despojémonos del miedo que nos hace vivir encerrados en falsas seguridades y, para ello, dejemos que las palabras del resucitado resuenen en nuestro interior: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”.















