«Hubo un tiempo en que el liderazgo no emanaba del estruendo de la propaganda, sino del silencioso reconocimiento de la excelencia. Tan viejo casi como la democracia es el populismo pues poco después de comenzar ese sabio camino, la democracia, se rompe el principio de igualdad entre la élite» conduciendo a Roma al personalismo del César y de ello el actual reflejo en los populismos que nos ahogan como sociedad.
En el corazón de la República Romana, la figura del primus inter pares no representaba un privilegio de mando, sino una carga de prestigio: el primero entre iguales era aquel cuya auctoritas -esa autoridad moral forjada en el servicio y el mérito- le permitía sobresalir en un Senado donde nadie era súbdito. Hoy, al observar la arquitectura de nuestros parlamentos modernos, el eco de aquel principio parece haberse extinguido. Hemos sustituido el respeto entre pares por la disciplina de partido y la altura de miras por el marketing de supervivencia, transformando lo que debió ser un cuerpo de servidores ejemplares en una jerarquía de figuras aisladas, cada vez más distantes del ciudadano y de la propia ética del honor que una vez definió el arte de gobernar.
La legitimidad, en principio, se basó en tres ejes que hoy parecen haberse desvanecido.
La auctoritas versus la potestas: hoy cualquier político tiene poder (potestas) por el cargo que ocupa, pero pocos tienen autoridad (auctoritas), que es el reconocimiento moral que los demás te otorgan. El primus lo era porque sus pares lo respetaban, no porque los mandara.
El cursus honorum: nadie llegaba a la cima por accidente o carisma vacío. Debían recorrer una carrera de méritos, en contra a un mero producto de marketing. Era un sistema de filtrado por la excelencia del elegido
El Senado como cuerpo de iguales: los senadores se veían a sí mismos como guardianes de la tradición. El líder era solo la voz de ese cuerpo colegiado, no un ente mesiánico por encima de la institución.
«El concepto de primus inter pares exigía una premisa innegociable: para ser el primero, primero había que ser un par en excelencia. En el cursus honorum romano, nadie alcanzaba la máxima magistratura sin haber demostrado solvencia en la gestión de lo público, en la justicia o en la defensa del Estado. Existía una jerarquía del respeto ganada a pulso.
Sin embargo, el sistema actual ha confundido la legitimidad de origen (el hecho de que cualquier ciudadano pueda ser elegido) con la idoneidad de ejercicio. Cuando el acceso a los ministerios -el equivalente a las altas magistraturas- se desvincula de una trayectoria de mérito contrastada y se convierte en un reparto de cuotas o premios a la lealtad partidista, el principio del igual entre iguales se desmorona. Esta situación permite que, mundanamente definido, los pájaros vayan contra las escopetas o lo que es lo mismo se legisle por meros caprichos mal entendido de un marketing mal enfocado.
No se trata de desmerecer cualquier oficio digno, sino de entender que la gestión de una nación requiere una auctoritas que no se improvisa. Al elevar a la cima a perfiles sin el bagaje necesario, la política deja de ser una asamblea de los mejores para convertirse en un experimento de representatividad mal entendida, donde la igualdad ya no es de derechos, sino de mediocridad.









