Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas, pero lo que ocurrió este sábado en Las Palmas de Gran Canaria se escuchó hasta el último rincón de la capital. La ciudad cambió el ajetreo de la rutina por mascaritas y convirtió su Carnaval de Día en un gran casino donde la única moneda válida era una buena parranda. Desde primera hora de la tarde, el Parque de Santa Catalina se transformó en un espacio de encuentro que solo es posible en la ficción: un ejército de Elvis Presley afinaba caderas y patillas, mientras que a pocos metros el papa León XIV, que no pudo resistirse al carnaval y adelantó su visita a Gran Canaria, concedía indulgencias plenarias a quienes prometían no madrugar el lunes.
A la estampa, se sumaron las novias a la fuga, ramos en alto y zapatillas deportivas asomando bajo el tul. Llegados desde el Lejano Oeste, irrumpieron los vaqueros, sombrero firme y botas marcando el paso sobre el asfalto caliente. Las princesas, por su parte, abandonaron los cuentos y se mezclaron entre el gentío, lejos de perderse a medianoche.
El carnaval tiene esa virtud: convierte lo inverosímil en cotidiano. Así, una podía cruzarse tanto con un grupo de parapentistas que, sin despegar los pies del suelo, parecían volar sobre la multitud, como con sirenas que dejaron el océano por unas horas para sentir el enardecedor sol de la tarde y el bullicio de la fiesta. Los piratas, espada en mano y parche bien colocado, asaltaban la fiesta entre abrazos y bailes y, al otro lado, gimnastas hacían estiramientos para no lesionarse con los pasos prohibidos.
Una tarde llena de música
La tarde no dio tregua. Con dos escenarios que ofrecieron más de ocho horas de música en directo hasta el final de la tarde, miles de personas bailaron al ritmo de artistas, como Los 600, Zapato Veloz, Proyecto Uno, Los Lola o Rebeca, entre tantos otros, con un poco de nostalgia noventera y con ganas de que no acabase la fiesta.
La alegoría de Las Vegas funcionó como metáfora perfecta: cada cual apostó por la mejor versión de sí mismo. Algunos jugaron fuerte con disfraces imposibles; otros, con una simple flor en la cabeza y ganas de bailar. Nadie parecía dispuesto a retirarse de la partida mientras sonara la música. Aquí, el azar consistía en perderse y encontrarse, porque el Carnaval de Día es, sobre todo, un estado de ánimo: la posibilidad de ser otro sin dejar de ser uno mismo.
Cuando la tarde empezó a inclinarse, el sol se fue retirando con elegancia para ceder el protagonismo a las luces del carnaval. Lo que empezó bajo un cielo limpio continuaría bajo focos y estrellas y, como una carta guardada bajo la manga, continuó la celebración con la Noche del Carnaval y la Presentación de alegorías de 2027. La multitud, lejos de dispersarse, apretaba filas. Nadie quería abandonar la mesa antes de conocer la siguiente jugada.
La grandeza del Carnaval de Día no estaba solo en la alegoría de Las Vegas, sino en esa mezcla improbable de personajes que, por unas horas, convivían sin jerarquías. Puede vestirse de Las Vegas, de selva o de universo galáctico, pero siempre acaba hablando el mismo idioma: el del carnaval.
Así, entre dados invisibles y plumas imposibles, los asistentes volvieron a demostrar que el carnaval no se mide en horas, sino en intensidad. Con una semana de fiesta aún por delante, esta cita se consolida un año más como un espacio para todas las edades y todas las ocurrencias. El Carnaval de Día no es solo una fecha marcada en el calendario, sino una declaración colectiva de intenciones: salir a la calle, ocuparla con alegría y convertirla en escenario compartido. Y esa es, quizá, su mayor apuesta ganadora.











