En Alicante llevamos semanas con rachas por encima de 90 km/h: árboles caídos, señales abatidas, cierres ligeros que se sueltan y muchos desperfectos, algunos muy significativos como marquesinas y grandes rótulos en centros comerciales. En momentos así, la pregunta es inevitable: ¿esto es normal? ¿Hay un punto a partir del cual las cosas empiezan a fallar? ¿Y nuestros edificios, están realmente preparados?
Enero y febrero suelen ser meses especialmente ventosos en nuestra zona, donde en episodios puntuales se han registrado en el pasado rachas superiores a 130 km/h. Para una estructura, el viento es una carga regulada por normativa; en Alicante se toma 97 km/h como velocidad básica, y con ella se obtienen las presiones y succiones de diseño.
La idea clave, y la más contraria a lo que sería intuitivo, es que la presión del viento crece con el cuadrado de la velocidad: si la velocidad se duplica, el empuje se multiplica aproximadamente por cuatro. Por eso pasar de 40 km/h a 80 km/h no implica el doble de presión sobre un toldo o un rótulo, sino mucho más. Además, el viento suele aumentar con la altura, porque cerca del suelo el rozamiento lo frena; por eso, a igualdad de superficie expuesta, las partes altas de un edificio reciben mayor carga que las bajas.
Ahora bien, la velocidad no lo es todo. La fuerza total que transmite el viento también depende mucho de la superficie expuesta: el viento empuja lo que ‘ve’. Se entiende bien con una bandera: no es una placa rígida, flamea, se infla y genera tirones. Por eso, al dimensionar el mástil, se trabaja con una “superficie efectiva” mayor que la geométrica. Como regla divulgativa, puede considerarse que esa superficie efectiva puede ser del orden de 2 a 3 veces la superficie real, porque el sistema flexible amplifica el efecto y las rachas no empujan de forma uniforme.
Un matiz que suele sorprender es que el viento no solo empuja, sino que también succiona. En la cara de barlovento domina la presión positiva, la presión, pero en sotavento aparecen zonas de depresión donde el viento tira hacia fuera, como si quisiera despegar piezas. Y aquí la forma de la construcción es decisiva: una fachada vertical y una cubierta inclinada no se comportan igual, porque la pendiente cambia el reparto de esas presiones y succiones. En cubiertas, ese “tirón” puede ser generalizado y se concentra especialmente en perímetros y esquinas. Basta pensar en las carpas que se montan para Hogueras: cuando el aire entra de lado o se cuela por debajo, lo primero que sufre son los bordes.
Con todo esto, la pregunta continua en el aire ¿a partir de qué velocidad se caen las cosas? No existe una cifra mágica. Se cae algo cuando el empuje supera el anclaje, cuando el momento de vuelco supera al estabilizador o cuando un elemento ligero entra en vibración y termina soltándose. Los árboles se comportan como velas irregulares: la copa multiplica la superficie expuesta y las rachas hacen el resto. Y, como seres vivos, no siempre están en su mejor momento, por edad, podas inadecuadas o raíces debilitadas.
¿Y los edificios? Mi impresión es que alarman más los daños visibles que el riesgo real para la estructura principal. Los edificios bien proyectados incorporan márgenes de seguridad; cuando el viento actúa, lo que suele fallar es lo accesorio: elementos no estructurales (toldos, rótulos, vallas, marquesinas), más que pilares y vigas. Eso sí, el mantenimiento es decisivo: un anclaje oxidado o un tornillo deteriorado pueden aguantar años… y romperse justo cuando llegan varios días seguidos de viento fuerte.
Quienes hemos calculado estructuras singulares sabemos que el viento se respeta cuando te toca asumir responsabilidades. Recuerdo noches sin dormir en días muy ventosos al inicio de mi carrera, no solo por el cálculo, sino por la ejecución: por el miedo a un anclaje cambiado en obra o a un detalle resuelto con prisas. Años después me ocurrió lo mismo en una torre muy esbelta de 44 metros en València, construida con materiales compuestos, y en el Mirador de la Palmera de Daya Vieja, una estructura pensada para ayudar a una palmera monumental de siete brazos a soportar el viento. Hasta que no ves que el comportamiento real coincide con lo previsto, no descansas del todo.
Quizá esa sea la conclusión: el viento no es nuevo, pero nos recuerda que la seguridad empieza en el cálculo y se confirma en el detalle, el mantenimiento y la cultura de hacer las cosas bien.
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