El mes de noviembre comienza con dos festividades muy significativas, aunque con diferente manifestación: la venturosa festividad del «Día de todos los Santos», el día 1, y la «Conmemoración de los fieles difuntos», el día 2. En la primera, la liturgia se engalana con el resplandeciente color blanco o dorado del gozo, y en la segunda el morado fúnebre indica que es un día de oración y recuerdo mortuorio, aunque siempre iluminado por el fulgor esperanzado de la fe.
Con la fiesta de «Todos los Santos» los cristianos recordamos que Dios nos llama a todos a la santidad y que todos podemos ser santos si nos entregamos al bien para convertir las cosas habituales en ofrenda de amor a Dios y por Dios, siendo asimismo conscientes de que habremos de enfrentarnos a obstáculos tales como las pasiones dominantes, el desánimo, el pesimismo, la rutina, las omisiones… Sin embargo, el itinerario universal de santidad que establecen las Bienaventuranzas nos permitirá ser conducidos por el Espíritu Santo al triunfo celestial, a transformarnos en imagen de Cristo, nuestro Salvador.
Por eso, en este día, además de dar honor a los beatos y santos que están reconocidos públicamente en la lista de los benditos, y a los que la Iglesia dedica en particular un día del año, se celebra también el homenaje todos los que, sin figurar en la memoria oficial, viven ya en la presencia de Dios en su Iglesia triunfante.
El «Día de Todos los Santos» se festejaba originalmente el 13 de mayo, porque fue ese día del año 609 cuando el Papa Bonifacio IV dedicó el Panteón de Roma como iglesia en honor a la Virgen María y a todos los mártires. El Panteón era el templo que los romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses.
Día de cementerios / INFORMACIÓN
En la forma que ha llegado hasta hoy, fue construido en tiempos del emperador Adriano, entre los años 118 y 128 de nuestra era. Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido evangelizado en gran parte, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y el papa Bonifacio IV quiso que custodiase los restos de millares de mártires cristianos que hasta ese momento se encontraban en las catacumbas, ampliando después la dedicatoria a cuantos murieron en Santidad, fuesen o no mártires.
La fecha actual del 1 de noviembre fue establecida por el papa Gregorio III en el siglo VIII, cuando dedicó una capilla en la Basílica Vaticana de San Pedro en honor a todos los santos. Aunque en principio esta celebración se limitaba a Roma, más tarde, en el año 837, el papa Gregorio IV ordenó la observancia oficial del «Día de Todos los Santos» cada 1 de noviembre y extendió su celebración a toda la Iglesia, como un Día Santo de Obligación, lo que significa que todos los católicos deben asistir a misa a menos que estén impedidos por enfermedad u otra dispensa adecuada.
Después de la Reforma Protestante, diversos grupos protestantes mantuvieron la celebración del «Día de Todos los Santos», que en Estados Unidos no es festivo, mientras que en Francia,Austria, Italia, Portugal, Bélgica, Luxemburgo, partes católicas de Alemania, Finlandia,Eslovenia, Croacia, Hungría, Lituania y Polonia es una de sus fiestas oficiales, y la gente tiene la jornada libre con los negocios cerrados.
Sin embargo, en varios países de Hispanoamérica más que el «Día de todos los Santos» celebran preferentemente el «Día de los Muertos», el 2 de noviembre, que es en realidad la «Conmemoración de los fieles difuntos», una solemnidad especial dentro del calendario eclesial de otoño, porque los católicos recordamos con nuestra oración a tantas almas benditas que aún han de purificarse plenamente antes de ingresar en la Presencia Santísima de Dios.
Honramos a los fieles difuntos por su fidelidad a Cristo en vida y rezamos por ellos porque se están purificando. El Papa san Juan Pablo II, en tres alocuciones acerca del Cielo, el Infierno y el Purgatorio, explicó cómo, en esencia, esas realidades no son “lugares” que existen en el espacio y el tiempo sino una relación del alma con Dios, que es Amor. Todo el que muere en gracia y amistad con Dios, pero todavía está falto de una purificación perfecta, ya tiene asegurada la salvación eterna, aunque antes de entrar en el felicidad del Cielo, debe alcanzar la santidad necesaria a través de una purificación.

Visita a los cementerios, en una imagen de archivo. / INFORMACIÓN
La Iglesia da el nombre de Purgatorio a esta purificación final de los elegidos. Allí reciben el consuelo de los ángeles, los santos y las personas que rezamos por ellos en la Tierra, pues, por el sublime misterio de la Comunión de los Santos podemos ayudarlas a purificarse con más presteza, para unirse a los santos del Cielo.
En España hay diversas costumbres asociadas a estos días. Sobre todo, visitar las tumbas de los que nos son más cercanos, en los días próximos a la conmemoración de todos los fieles difuntos. Vamos al cementerio, rezamos por ellos, adornamos con flores el lugar donde están sepultados… Como el día 2 de noviembre, por lo general, es laborable, se suele visitar el cementerio el día anterior, coincidiendo con la solemnidad de Todos los Santos, que es festivo y, «de precepto».
Esto ha provocado que muchas veces asociemos la visita de los cementerios con la festividad de «Todos los Santos», aunque son dos celebraciones distintas, santificadas por la iglesia católica que concede Indulgencia Plenaria a quien visita el cementerio entre el día 1 y el 8 de noviembre, confirmando la importancia de esta solemnidad, que se originó en el gran monasterio francés de Cluny, el 2 de noviembre de 998, cuando San Odilo, su quinto abad, decidió rezar ese día del año por el descanso de todos los finados, ricos y pobres.
Roma aceptó esta iniciativa en el siglo XIV y gradualmente se expandió a toda la Iglesia, queriendo así destacar que para los cristianos morir no es perderse en el vacío, lejos del Creador. Es precisamente entrar en la salvación de Dios, compartir su vida eterna, vivir transformados por su amor inmensurable.
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