Esas ostras de esos domingos

Entonces, los sábados y los domingos antes que cualquier aperitivo eran las ostras con la copa de Muscadet frío e igual de seco que un verso de Valery. Ese recuerdo perdura a los pies del mercado de Aligre, en el distrito XII de París, donde aún pervive el olor de las verduras frescas y el queso. Allí se encuentra Le Baron Rouge, un bar de vinos que parece resistir al paso del tiempo sin una nostalgia explícita, pero negándose al vértigo de nuestros días. Y allí, cada fin de semana, cuando el mercado bulle con frenesí, en un altar laico se celebra una liturgia de la ostra, en la que muchas veces participa el propio ostricultor. Es un rincón entrañablemente ruidoso para los estándares franceses, lleno de barricas y de pizarras manchadas de tiza, donde se sirven las ostras que llegan ex profeso de Marennes-Oléron, de Cancale o Arcachon, trayendo la dulce memoria salada del Atlántico. Lo habitual es comerlas de pie, apoyado en un barril, en compañía de un público errante urbano, que se ha acercado al lugar con los mismos fines que uno, y de los escasos parroquianos. Los parroquianos propiamente dichos suelen frecuentar el establecimiento durante los días laborables de la semana.

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