En Macondo llovió cuatro años, once meses y dos días. En Oviedo, en el entorno selvático del viejo HUCA, lo que llueve son promesas incumplidas, hasta desatar un aguacero incalculable. Se cumple más tiempo de proyecto empantanado que el que anegó el pueblo ficticio de García Márquez. Uno se asoma al viejo hospital cuando cae la tarde y solo atisba espectros en la penumbra del edificio desvencijado, tal que el Comala inaudito de Pedro Páramo.
Las obras avanzan al paso del oso pardo de la Cordillera Cantábrica: lentas, pausadas y, sobre todo, invisibles. A cada fecha prometida le sigue una prórroga; y a cada prórroga un pronunciamiento político con más fallas que un taller de Valencia en el mes de marzo. Alguien, en algún despacho, debe manejar un almanaque en el que los meses no pasan o el calendario empieza por el final.
Los vecinos desesperan, a la vista desde sus ventanas de un remedo de Chernóbil pendiente de la piqueta. El Gobierno regional y el Rector hablan del proyecto como de la Atlántida o de la honestidad en política: con fe ciega y pruebas inexistentes. Y así se escribe el argumento de este relato de realismo mágico: nadie sabe quién construye, nadie sabe quién paga, nadie sabe quién manda.
Dicen que lo que se construya sobre los escombros será un centro de saber, pero hasta ahora solo sabemos que sabemos bien poco. Hay caracoles entre la maleza que van más rápido que la obra de un campus que solo tiene de universitario el título de un máster a la desesperanza.
Suscríbete para seguir leyendo















