Cuatro podcasts, dos documentales en curso, portadas diarias en la prensa, muchedumbres agolpadas frente al tribunal al alba y un súbito interés nacional por la micología. Ha concluido este lunes el folletín que ha obsesionado a los australianos durante dos años con la confirmación judicial de que Erin Patterson, una anodina madre cincuentona, es una asesina en serie. La sentencia resuelve el crimen pero persiste el misterio ya apuntado en el caso de Daniel Sancho: qué impulsa a personas presuntamente normales hacia los actos más execrables. En esa estupefacción radica el interés mediático y social por un descuartizador español o una envenenadora australiana.
La historia empieza en Leongatha, una pequeña localidad a escasas horas de Melbourne, a finales de julio de 2023. Patterson invita a almorzar a su marido, del que ya se había separado, y a su familia política, para informarles de que sufre un presunto cáncer. El marido salva la vida porque se ausenta en el último minuto. Todos los asistentes sufren horas después diarreas y vómitos tan fuertes que los médicos han de inducirles el coma. Sólo sobrevive un hombre tras siete semanas internado y un trasplante de riñón. Las sospechas apuntan al menú: un solomillo Wellington, esa petulante y viejuna receta que envuelve la carne en hojaldre. En él se encuentran trazas pulverizadas de amanita phalloides, también conocida como hongo de la muerte o cicuta verde. Es la seta más peligrosa del mundo. Bastan unas decenas de gramos para asegurar el colapso hepático y cuenta con víctimas tan ilustres como el emperador Claudio, el papa Clemente VII o el archiduque Carlos de Austria.
Sus abogados se han aferrado al «accidente terrible» por más indicios incriminatorios que amontonara la investigación. Patterson consultó en webs naturistas dónde encontrar las setas en su zona, compró un deshidratador para atomizarlas que lanzó después a un vertedero y utilizó varios teléfonos móviles en los días siguientes que reseteó para eliminar el rastro. El único superviviente recordó que la asesina se había servido su solomillo Wellington en un plato de color diferente al resto. Todos acudieron al hospital horas después, fingiendo ella los síntomas de sus invitados, y el doctor recordó en la sala su estupefacción cuando rehusó quedarse internada tras haberle aclarado que su vida corría peligro.
Tres asesinatos consumados
Los 12 miembros del jurado la han declarado culpable de tres asesinatos consumados y un intento frustrado tras seis días de deliberación y al juez le corresponderá fijar la condena. Una cincuentena de testigos han sido llamados al estrado durante los 40 días de juicio, muchos de ellos micólogos. La prensa ha diseccionado el caso con minuciosidad, a veces con expertos en lenguaje corporal que escudriñaban los gestos más livianos para pontificar sobre la veracidad de las declaraciones. Y si no había nada que echarse al diente, retrataba al público que a diario atendía el juicio. Algunos sacrificaron su trabajo, muchos trabaron en los bancos una sólida amistad.
El podcast diario ‘La cocinera de setas’ suma ya dos millones de descargas en Australia, 400.000 en el Reino Unido y 120.000 en Estados Unidos. La plácida Leongatha fue tomada por hordas periodísticas que asaltaban a los lugareños en la calle, en sus casas o en la Iglesia. Al que esto firma no le cuesta recordar escenas similares en Kho Panghán, la paradisíaca isla tailandesa.
Todo ha sido revelado excepto los motivos íntimos. Carecía la asesina de problemas económicos, disfrutaba de la custodia de sus dos hijos y las relaciones con su marido parecían cordiales. Ha recordado la fiscalía que no tiene la obligación de encontrar el móvil sino las evidencias del crimen. Pero la sociedad no responde a la lógica jurídica, necesita saber los caminos que conducen al mal, qué lleva a una madre a exterminar a su familia política.
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