El pasado mes de agosto, durante un acto de campaña en una sinagoga del sur de Israel, le preguntaron a Gadi Eisenkot su postura respecto a un acuerdo de paz permanente con los palestinos. Eisenkot es el candidato de la oposición con más opciones para suceder a Binyamín Netanyahu tras las elecciones del próximo 27 de octubre. Un politico neófito, militar de carrera y antiguo jefe del Estado Mayor. Corto de carisma y de talento como orador, pero con un aura de integridad y de pragmatismo que no tienen muchos de sus rivales. «Esta es una de las cuestiones más complejas para nuestra forma de vida», respondió. «Nunca he dicho que la solución sea dos Estados para dos pueblos. Aquí existe un conflicto religioso-nacional muy profundo, y cualquiera que piense que se puede alcanzar ahora un acuerdo está gravemente equivocado».
En las semanas posteriores Eisenkot se encargó de disipar cualquier duda al respecto. Describió la solución de los dos Estados como «un error amargo» y a aquellos que se atreven a plantearla tras los brutales ataques de Hamás del 7 de octubre como «unos ilusos».
Lo llamativo de todo eso, no son las posiciones del candidato de Yashar (Recto, en hebreo), plenamente alineadas con el consenso sionista, sino que hablara siquiera de ello. El debate sobre posibles acuerdos con los palestinos no existe. Por no hablar de la paz. La cuestión palestina solo se está abordando desde el prisma de la seguridad. Siempre en negativo y nunca como una oportunidad, a pesar de que no hay ningún asunto que condicione más el futuro de Israel. Su estatus como Estado democrático o como Estado del apartheid. Reintegrado en la comunidad de naciones o aislado y sancionado como un paria.
«La política israelí se ha desplazado claramente hacia la derecha y se centra exclusivamente en aumentar la fuerza militar como solución, así como en su desconfianza hacia las intenciones palestinas», escribió esta semana Gershon Baskin en el Jerusalem Post para describir el péndulo de los últimos tres años, si bien ese desplazamiento no empezó el 7 de octubre sino a mediados de los 2000, con el fracaso del proceso de paz y la violencia de la Segunda Intifada palestina. «Expresiones como ‘Estado palestino’ e incluso ‘solución de dos Estados’ se han vuelto políticamente explosivas para muchos israelíes», añadió el mediador israelí de origen estadounidense.
Pugna entre bloques
Los comicios de octubre no hay que interpretarlos como una pugna entre partidos, sino entre bloques, dado que nadie se acerca remotamente a la mayoría para poder gobernar en solitario. En el bloque de Netanyahu —una coalición de ultranacionalistas y fundamentalistas religiosos— el Estado palestino no solo es anatema, sino que se trabaja activamente para negarle cualquier viabilidad futura y extender la soberanía israelí desde el río hasta el mar. La «aniquilación total» es uno de los mantras de algunas fuerzas del bloque.
En la coalición más heterodoxa de Eisenkot tampoco aparece como posibilidad en ninguno de los programas de las formaciones que la integran. Ni siquiera de los Demócratas, los vestigios del viejo laborismo y los pacifistas de Meretz, aunque su líder, Yair Golan, se atreve a mencionarlo de vez en cuando con la boca pequeña. Otros como el colono liberal y exprimer ministro, Naftali Bennett, o el ultranacionalista ruso, Avigdor Lieberman, no lo quieren ver ni en pintura. Con alguna excepción muy marginal a la izquierda del espectro político, todos consideran que desde el río hasta el mar —lo que un día fue la Palestina histórica— solo existe «Eretz Israel», la Tierra de Israel, un concepto sacado de la Biblia hebrea (el Antiguo Testamento).
¿Pactar o no con los partidos árabes?
De hecho el gran debate dentro del bloque reside en si estarían dispuestos a pactar con los partidos árabes para poner gobernar. Prácticamente un imperativo, según las encuestas. Casi todos sus líderes han dicho que no, a pesar de que esas formaciones representan a los 2,2 millones de palestinos de Israel, los llamados árabes-israelíes, el 20% de su población. Y todas ellas condenaron el 7 de octubre. «Solo nos apoyaremos en los partidos sionistas; los partidos árabes no son sionistas y por tanto no pactaremos con ellos», ha dicho Bennett, coaligado esta vez con el «centrista» Yair Lapid.
Otros han tratado simplemente de prohibir su participación. La comisión electoral —dominada por miembros afines a la coalición de Gobierno de Netanyahu— llegó a descalificarlos a todos el mes pasado, aunque el Tribunal Supremo ha revertido la decisión. Desde el bloque gubernamental ese posible pacto de sus rivales se está utilizando como arma arrojadiza, con anuncios que recrean estereotipos racistas, no muy distintos a los que se utilizaban con los judíos en la Europa antisemita. «Bienvenidos a la elección más racista de Israel», tituló el diario Haaretz en uno de sus artículos.
Otra de sus columnistas, Amira Hass, fue un más clara a la hora de expresar lo que realmente se juegan los palestinos en estas elecciones. «Lo que está en juego hoy no es una ‘solución política’, sino la existencia misma del pueblo palestino entre Jordán y el mar. Las fuerzas judías que buscan ‘hacerlo desaparecer’ no conocen fronteras ni límites», escribió la periodista israelí, quien la próxima semana recibirá en Barcelona el Premio Manuel Vázquez Montalbán.
Y no exageraba. En la extrema derecha, al menos dos partidos han hecho de la expulsión de los palestinos, principalmente de Gaza, la medida estrella de sus programas. «Migración voluntaria», la llaman. Una idea que apoya el Likud de Netanyahu, pero también varios partidos del bloque de Eisenkot, como recordaba recientemente The Times of Israel, un diario de centro-derecha. Desde Bennett y Lapid a Liberman o Benny Gantz, el general que disputó el poder a Netanyahu las elecciones de 2019 y 2020, hoy sin ninguna opción en las encuestas.
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