Hay estadísticas que deberían llevar música de circo. Esta semana, ‘Sofascore’ (pintoresco nombre para quien mide esfuerzos) nos descubre que el Barça es el segundo equipo que más corre de La Liga, mientras el Madrid es el último. 104,64 kilómetros por partido para los catalanes y 83,46 para los merengues.
Más de 21 kilómetros de diferencia. Veintiún kilómetros. En una carrera popular, uno llegaría a la meta, mientras el otro todavía se estaría colocando el dorsal. O, dicho de otro modo, los blaugrana recorren en cada partido, una distancia que el Madrid escatima, y curiosamente es la equivalente a la que separa el Bernabéu de la sala VAR de Las Rozas que tanto molesta a los blancos…
Durante años nos explicaron que el Madrid jugaba con talento, jerarquía, pegada y esa misteriosa capacidad genética para ganar sin despeinarse. Y ahora resulta que, al menos corriendo, el glamour también necesita sudar. El virtuosismo es maravilloso, pero tiene una pequeña pega: cuando no llega, hay que ir a buscarlo. ¡Qué palo! Y para eso hacen falta piernas, sacrificio y un cierto apego a sufrir.
Puedes tener a Usain Bolt, pero si el chico no sale de los tacos anclados en la línea de salida, alcanzará la meta el de al lado solo con moverse. El pasarlo ‘putas’, y perdonen la expresión, pero es que resulta muy gráfica, es esa virtud antipática de la que nadie presume en Instagram. No contiene regates, no vende camisetas y jamás aparece en un vídeo de highlights. Pero sostiene todo lo demás.
La presión, la recuperación tras pérdida y la ayuda al compañero… Eso también es talento. Un talento menos comercial, seguro, pero muchísimo más útil cuando el partido se pone cabrón y las piernas empiezan a suplicar banquillo.
Así que bienvenida sea la estadística. No garantiza títulos, pero recuerda una verdad elemental: para ganar hay que correr cuando nadie te mira. Y aquí llega la ironía final. No, el fútbol no pertenece solo a los valientes que administran el balón. También es valentía perseguir ese balón cuando lo pierdes.
Correr es de cobardes decía el gran “Charly Reixach”, y ahora resulta que los cobardes son los que ganan. Los cobardes que tienen miedo de perder la pelota y corren a recuperarla. Los que tienen miedo de dejar solo al compañero y recorren veinte metros más para ayudarlo. Descubriendo que el futbol es, en realidad, como una mudanza: Puedes encargarla a la mejor compañía del mundo, pero si cuando falla el ascensor, nadie sube y baja escaleras, el sofá se quedará en la calle y un malnacido te birlará la tele. ¡A correr!














