Brad Pitt no necesita abrir la boca para que su presencia en un acto público acapare la atención del mundo, y él debe ser muy consciente de ello. Si además de eso se tiene en cuenta también el miedo a meterse en jardines que las celebridades sienten cada vez que se ponen frente a un micro, es fácilmente comprensible la insulsez del encuentro que el actor ha mantenido hoy con la prensa en el Festival de San Sebastián. “Deberíamos centrarnos más en las cosas que nos unen, escucharnos mejor y cuidarnos los unos de los otros”, ha afirmado en la que, por difícil de creer que parezca, ha sido la intervención más sustanciosa que ha tenido durante la presentación en el certamen vasco de su nuevo trabajo, ‘En el corazón de la bestia’. También es verdad, por otra parte, que Pitt nunca ha sido precisamente elocuente.
El actor estadounidense Brad Pitt, el director David Ayer y la productora Olivia Hamilton este miércoles en el Festival de Cine de San Sebastián. / Javier Etxezarreta / EFE
La segunda película que el actor rueda con el director David Ayer -’Corazones de acero’ (2014) fue la primera- no es sino una historia de amor en la que, eso sí, uno de los amantes no es una persona sino un perro; quizá no haga falta aclarar que se trata de una relación platónica -que nadie imagine parafilias-, pero eso no le impide ser, probablemente, la más íntima e intensa que Pitt ha mantenido hasta la fecha al otro lado de una pantalla.
En pocas palabras, ‘En el corazón de la bestia’ contempla cómo, tras sufrir un accidente aéreo, un soldado retirado y atormentado por lo vivido en el frente debe luchar para sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje de Alaska junto a su pastor alemán, un perro de combate aquejado de trastorno de estrés postraumático a causa de la guerra. Las inclemencias del tiempo, los obstáculos naturales y la fiereza de los osos y los lobos, peligrosos pese a ser creaciones digitales más bien burdas, intentan impedírselo.

El actor Brad Pitt en San Sebastián. / Unanue – Europa Press / Europa Press
Tal y como esa premisa da a entender, la película incluye pocos diálogos y mantiene la narración simple. A medida que la pareja cruza lo desconocido en busca de una carretera, los ojos del chucho funcionan a modo de anclaje emocional tanto para su compadre humano como para la audiencia, y entretanto Pitt comparte con su peludo coprotagonista niveles de química capaces de extender los celos entre el público. Sin embargo, eso no evita que, durante buena parte de su metraje, ‘En el corazón de la bestia’ dé la sensación de ser poco más que una carrera de obstáculos, en buena medida porque el miembro humano de la pareja carece por completo de interés; el perro mismo posee una personalidad mucho más compleja. A sus 62 años, Pitt aún resulta convincente encarnando una forma de masculinidad estoica y resolutiva pero, a lo largo de los últimos años no ha interpretado papeles que le permitieran demostrar realmente sus dotes actorales, y esta película no supone cambio alguno en ese sentido.
Sobre todo en sus últimos compases, ‘En el corazón de la bestia’ se sirve de la predisposición natural del espectador a empatizar con la devoción que un hombre siente por su perro para intentar hacernos llorar sin miramientos y de forma más bien tosca, pero no lo logra por dos motivos: primero, su conclusión es extremadamente previsible de antemano, por lo que cuando llega resulta excesivamente calculada y formularia; segundo, ese lacrimógino clímax lleva incorporada una reverencia explícita y muy desagradable al ejército de Estados Unidos y al militarismo. Eso también resulta comprensible si se considera que la película ha sido financiada por Paramount, una compañía abiertamente apoyada por Donald Trump.

El actor Brad Pitt en San Sebastián. / Javier Etxezarreta / EFE
Moore, a por el Oscar
Entre las películas aspirantes a la Concha de Oro presentadas hoy en el certamen vasco destaca el tercer largometraje como director del actor Jesse Eisenberg, ‘El debut’, una comedia extremadamente traviesa que por momentos funciona a modo de musical y a ratos lo hace como un thriller y que, definitivamente, es más extraña de lo que su modesta premisa sugiere: una ama de casa reprimida de Nueva Jersey, a la que da vida Julianne Moore, consigue un papel importante en una pequeña producción teatral local a pesar de su inexperiencia, y su personalidad se ve alterada por completo a causa de las agresivas lecciones que recibe de su exigente director, encarnado por Paul Giamatti.
En sintonía con cada transformación de la mujer, la propia película cambia de estilo, descomponiéndose y reconstruyéndose al compás que marca su protagonista mientras deambula por los confines de su personaje de forma impredecible y a ratos hilarante. La relación de ‘El debut’ con la realidad se vuelve cada vez más escurridiza, en cuanto que elementos surrealistas y propios del cine negro van tomando el control de la narración y obligándonos a cuestionarnos cuánto hay de realidad y cuánto de delirio en lo que estamos viendo. En el centro de todo, ofrece al menos tres interpretaciones completamente distintas sin necesidad de cambiar de personaje ni de historia y, como ya hizo en títulos como ‘Safe’ (1995) y ‘Siempre Alice’ (2014), vuelve a ofrecer un trabajo extraordinario dando vida a una mujer que intenta aferrarse a su propia identidad en medio de una crisis profunda. Gracias a él, ya es la gran favorita a quedarse con el próximo Oscar a la Mejor Actriz.
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