El fichaje de Leo Román, así como en su día fue la resistencia ante las ofertas por Yeremay, supuso para el Deportivo contratar a un guardameta cotizado y con nivel de internacional, pero también mandar un mensaje al fútbol español y europeo. El proyecto iba en serio, porque tenía las ideas claras y debía armarse en las áreas, y porque tenía la cartera suficiente para gastarse nueve millones y no temblarle el pulso. El estatus del meta es infinito en Abegondo y Riazor, ahora debe refrendarlo en el campo. Ya lo ha hecho en una parte de sus tareas, queda la otra, que tampoco es menor.
Leo Román es un guardameta capaz de sacar manos espectaculares, la última a Abde, y de hacerse gigante en cuanto prueban sus reflejos. Casi ninguno ocupa y abarca más que él, es por momentos inabordable. Pero ser cancerbero va de mucho más y él lo sabe. Es el último bastión en la trinchera y debe transmitir tal tranquilidad, identificación y seguridad como para que todos los que están por delante se vayan al fin del mundo con él. De eso va ser portero, de parar y de transmitir. Y, a veces, Leo Román duda. En alguna salida de la portería, en ciertos inicios del juego. Ante el Betis le pasó con Marc Casadó e incluso en el 0-1. El día que tenga esa serenidad será infinito. Ese desbloqueo mental es la gran tarea de un meta que guarda la portería de un Deportivo que fue mejor que un equipo Champions en la segunda parte. Juega, empuja, compite. No le ganó al Betis, pero es quizás uno de los partidos que más enorgulleció a Riazor.
Fuente: La Opinión A Coruña












