No hay que pensar en un futuro a lo Terminator

La inteligencia artificial, IA para los amigos, continúa avanzando a una velocidad difícil de seguir incluso para quienes llevan años estudiando su evolución. Lo que hace poco parecía propio de la ciencia ficción forma ya parte de actividades cotidianas y, a medida que estas herramientas ganan autonomía y capacidad, también aumenta el debate sobre los límites que deberían tener y los riesgos que pueden generar. Frente a quienes advierten de posibles escenarios extremos en el futuro, otros expertos consideran más urgente prestar atención a los problemas que la tecnología ya está provocando. Sandra Wachter es profesora de Tecnología y Regulación en el Oxford Internet Institute, y advierte de que la segunda posición es la correcta.

La investigadora considera que las advertencias sobre un futuro al estilo de ‘Terminator’ pueden desviar la atención de amenazas mucho más inmediatas, según recoge The Guardian. Su planteamiento no pasa por restar importancia a los peligros asociados a la inteligencia artificial, sino por cambiar el foco hacia aquellos que ya tienen consecuencias concretas. Entre sus principales preocupaciones aparecen cuestiones como la desinformación, el consumo de recursos y el impacto medioambiental de los sistemas de IA o la transformación del mercado laboral. Son problemas que, a su juicio, no necesitan de una futura superinteligencia para convertirse en una amenaza, porque ya están afectando a ciudadanos, empresas e instituciones. Su trayectoria académica se ha centrado precisamente en analizar algunos de estos efectos, entre ellos los sesgos de los algoritmos, la privacidad y las consecuencias sociales de las nuevas tecnologías.

El debate sobre una posible superinteligencia

La discusión ha cobrado especial intensidad después de que Evan Hubinger, investigador de Anthropic especializado en alineamiento de inteligencia artificial, afirmara que considera superior al 10% la posibilidad de que la tecnología provoque la desaparición de la humanidad durante la próxima década. Sus declaraciones se produjeron además en un momento de creciente debate dentro del propio sector sobre la velocidad con la que las grandes compañías están desarrollando sistemas cada vez más capaces y autónomos.

A esta preocupación se han sumado otras voces procedentes de la industria y del mundo académico. Jacob Coxon, investigador de Anthropic y antiguo empleado de OpenAI, abandonó la compañía después de cuestionar el ritmo al que se está desarrollando esta tecnología. El debate también ha llegado a las instituciones políticas británicas, donde algunos expertos han planteado comparaciones entre los riesgos asociados a una futura superinteligencia y los de otras amenazas de gran escala. Frente a estas advertencias, Wachter plantea una cuestión diferente: no es necesario esperar a que exista una inteligencia artificial capaz de superar ampliamente las capacidades humanas para empezar a discutir sus consecuencias. La tecnología actual ya puede producir contenidos falsos, reproducir sesgos presentes en los datos con los que ha sido entrenada, afectar a determinados empleos o generar importantes costes energéticos, sin necesidad de fantasear con futuros más distópicos que el presente real.

Para Wachter, la desinformación, la privacidad, los sesgos algorítmicos o el impacto laboral son cuestiones que requieren decisiones políticas y regulatorias ahora, independientemente de lo que pueda suceder con la IA dentro de cinco, diez o veinte años. Con sistemas cada vez más presentes en el trabajo, la educación, la información y las relaciones sociales, el debate difícilmente desaparecerá. Pero las advertencias sobre una hipotética superinteligencia no deberían hacer olvidar que las decisiones tomadas hoy también determinarán cómo se integra la IA en la sociedad. Más allá de imaginar máquinas capaces de transformar por completo el futuro, el desafío inmediato consiste en decidir cómo gestionar una tecnología que ya está cambiando el presente.

Fuente