Para los gestores de centros deportivos, la situación resulta bastante familiar: un gimnasio low-cost abre sus puertas a pocos metros y empieza a ofrecer cuotas que, a primera vista, parecen difíciles de igualar.
La reacción más habitual es pensar en bajar precios para competir directamente con él. Sin embargo, entrar en esa guerra puede terminar siendo un problema para cualquier centro que tenga una estructura de servicios más completa.
La razón está en el propio funcionamiento de estos gimnasios. El modelo low-cost busca mantener los gastos al mínimo, con menos personal, equipamiento pensado para el autoservicio y una atención al usuario mucho más limitada.
Esa estructura permite ofrecer tarifas que un gimnasio tradicional o full-service difícilmente podría mantener sin sacrificar parte de su margen. Intentar igualarlas supone trasladar esa presión económica al propio negocio y, a largo plazo, puede hacer que el servicio pierda parte de su valor a ojos del cliente.
Una mujer en el gimnasio / SPORT
No, el precio no es el verdadero motivo por el que los socios deciden darse de baja
Los datos sobre fidelización apuntan en una dirección bastante clara: cuanto más constante es un socio con sus entrenamientos, menos posibilidades hay de que termine abandonando el gimnasio.
Un estudio realizado en Portugal señala que uno de los principales indicadores del abandono es, precisamente, el número de días que el usuario pasa sin acudir al centro. Y tiene sentido. Cuando alguien deja de entrenar con frecuencia, también empieza a perder la sensación de progreso, se siente menos acompañado y poco a poco acaba dejando de ir.
En un gimnasio low-cost, donde el volumen de usuarios es elevado y la supervisión suele ser limitada, mantener ese hábito puede resultar todavía más complicado. Aquí es donde los centros full-service tienen una oportunidad para marcar diferencias.
Un ejemplo se encuentra en los gimnasios que incorporan tecnología de EGYM. Los socios que utilizan sus entrenamientos guiados y personalizados presentan un riesgo de cancelación un 24 % menor, según los datos proporcionados por la compañía.

Una mujer entrenando en el gimnasio / SPORT
El problema es que ofrecer este nivel de seguimiento a todos los usuarios no resulta sencillo ni barato. Para hacerlo de forma tradicional sería necesario contar con más entrenadores o dedicar una gran cantidad de horas a crear, revisar y adaptar rutinas. Para muchos gimnasios, esto no es viable.
Por eso, el entrenamiento personalizado suele quedar limitado a quienes contratan un servicio de entrenador personal, mientras que el resto recibe programas mucho más genéricos.
Es precisamente en esta diferencia donde la inteligencia artificial puede empezar a cambiar las reglas del juego. La posibilidad de adaptar los entrenamientos a cada usuario sin que todo el proceso dependa de horas adicionales de trabajo por parte de los entrenadores abre la puerta a ofrecer un seguimiento mucho más personalizado a una mayor cantidad de socios.














