Ainara Estévez tenía problemas con sus compañeros en el instituto. Al igual que a muchos otros jóvenes del Archipiélago, un entorno formativo desfavorable influyó directamente en el rendimiento académico de la tinerfeña, que abandonó la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) para cursar un ciclo formativo de grado básico. Habitualmente estigmatizadas como opciones de segunda, orientadas a los malos estudiantes, estas formaciones han sido para Juanma Lorenzo, Nicolás García y la propia Estévez el inicio de un camino alternativo a través del que han logrado acceder a estudios superiores y conseguir el éxito laboral: ejemplos de resiliencia cuyo tesón ha conseguido romper con el prejuicio y situar a la Formación Profesional (FP) como una alternativa académica igual de válida que el resto.
El enfoque propuesto por la formación básica se coloca en el punto intermedio entre la práctica y la teoría. Así, los estudiantes faltos de vocación u orientación pueden encontrar de forma más sencilla una familia profesional que se ajuste a sus preferencias y comprobar de forma prematura cómo es el trabajo real al que se dedicarán tras su formación. Este fue precisamente el caso de Estévez. «Al estar a punto de cumplir los 18 años, la directiva del instituto me comunicó que no podía continuar allí. La directiva de ese momento no me brindó ningún tipo de ayuda ni alternativas educativas, por lo que me quedé totalmente perdida», cuenta la joven.
La formación básica me devolvió la confianza en mi misma. Ahora miro atrás y, sinceramente, pienso en que se fastidien los que me trataron de menos
Con la confianza en sí misma mermada, Estévez comenzó a buscar opciones que se adaptaran a sus preferencias y situación geográfica. La tinerfeña creció en el seno de una familia ligada a la hostelería, especialmente a la cocina, y siguiendo el camino de su abuelo decidió probar suerte en el ciclo formativo de grado básico de Cocina y Restauración del Instituto de Educación Secundaria (IES) San Marcos. «Al principio entré sin muchas expectativas, por los prejuicios que me pintaban sobre estos estudios. Sin embargo, mis profesores me hicieron descubrir el placer de formarme bien y corregir mis fallos de manera positiva», relata.
Así, casi por accidente, Estévez se enamoró de la cocina. Durante el ciclo, decidió ampliar sus fronteras y salir de Erasmus para realizar sus prácticas en un hotel de Nantes, en Francia. Esta experiencia fue tremendamente enriquecedora para la tinerfeña, que afirma haber adquirido, además de grandes conocimientos sobre culturas gastronómicas y formas de cocinar que no se veían en Canarias, una gran autonomía y confianza, tanto en su cocina como en sí misma.
Mis profesores del ciclo me hicieron sentir escuchado y valorado, en lugar de ser un número más, como considero que ocurre habitualmente en la ESO
Tras terminar la formación básica, decidió encauzar su camino hacia el Grado Medio de Panadería y Pastelería porque le fascinaba hacer tartas y dulces. Actualmente, su amor por el oficio ha crecido hasta el punto de matricularse en el Grado Superior de Dirección de Cocina, y a pesar de haberse considerado a si misma un fracaso estudiantil, quiere cursar el máster de profesorado para ser ella misma quien forme con empatía a los futuros alumnos. «La formación básica me devolvió la confianza. Ahora miro atrás y, sinceramente, pienso en que se fastidien los que me trataron de menos», concluye.
La vida entre fogones también acabó siendo el destino de Juanma Lorenzo. Un cúmulo de circunstancias personales hicieron que el grancanario descuidara sus estudios, hasta el punto de tener que abandonar la ESO. Al contrario que Estévez, la historia de este joven, en sus palabras, «no es la típica súperbonita de llevar la cocina en la sangre». Su llegada al ciclo formativo básico de Hostelería fue una opción «de residuo» tomada a raíz de la insistencia de su madre y la proximidad geográfica.
Objetivos y disciplina
Una vez dentro del ciclo, la cocina pasó de ser una simple opción cercana a convertirse en «un todo» en su vida. Lorenzo cuenta que el oficio le aportó un objetivo claro, disciplina y la estabilidad económica para progresar, así como amistades y la oportunidad de viajar y adquirir experiencia.
Este cambio de mentalidad estuvo profundamente marcado por dos profesores del ciclo que lo encaminaron y se preocuparon genuinamente por su desarrollo: «Me devolvieron la confianza como persona. Me hicieron sentir escuchado y valorado, en lugar de ser un número más, como considero que ocurre habitualmente en la ESO», asevera el cocinero Lorenzo.
Actualmente, el camino de Lorenzo le ha llevado al éxito profesional y conseguir ser jefe de cocina en el restaurante Tabaiba de Las Palmas de Gran Canaria, con una estrella Michelin, tras insistir hasta en cuatro ocasiones para que le permitieran hacer sus prácticas ahí. La cocina de alto nivel, según el cocinero, es una labor creativa y una experiencia diaria de autosuperación que resulta «adictiva y enriquecedora». Al proyectarse hacia el futuro, asegura que su meta principal es mantener siempre cuidada esa pasión, para que no se pierda, y seguir estando enamorado de su trabajo.
Mis profesores me decían que no era un chico de FP Básica y que debería estar en bachillerato o la universidad, pero yo les respondía que lo cursaba porque me gustaba
A pesar de lo que la gente pueda pensar, las familias profesionales ofertadas en los ciclos básicos no sólo se centran en oficios manuales. Nicolás García, natural de Gran Canaria, es técnico electrónico en el sector de defensa y seguridad en la empresa Indra Sistemas. A pesar de estar en un gran momento laboral, un bache en segundo de la ESO le hizo dejar el camino que debería haber seguido, según la sociedad, una persona de sus capacidades.
«Siempre me gustó la tecnología, solía acompañar a mi tío electricista a hacer las reparaciones», cuenta García. Su padre le propuso matricularse en la básica de Electricidad y Electrónica para darle una oportunidad formativa alineada con sus intereses, algo que aceptó de buen grado.
Prejuicios en docencia
Una vez allí, su motivación retornó y repercutió muy positivamente en su rendimiento. Esto ocasionó que sus profesores, presos de los prejuicios, le decían que «no era un chico de esta formación» y que «debería estar en bachillerato o la universidad». Sin embargo, él siempre respondía que estaba allí voluntariamente porque le gustaba la materia, y era un camino directo para convertir su afición en su futura profesión.
Tras una estancia de tres meses en Italia haciendo instalaciones eléctricas y domóticas y su participación en el campeonato regional de Formación Profesional CanariasSkills, fue contratado en Indra Sistemas, donde trabaja junto a un ingeniero en el mantenimiento y desarrollo de sistemas de guerra electrónica para buques de la Armada Española. «Tal vez curse en algún momento la carrera de Ingeniería Electrónica. No tengo miedo al reto académico: me avala mi experiencia», revela.
Tres historias distintas con un elemento común: a pesar de haberse visto derrotados y de los prejuicios, el esfuerzo siempre recompensa.
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