Por las venas de Juan Carlos Domínguez Gutiérrez (Las Palmas de Gran Canaria, 1951) late el pulso de la memoria isleña. Jurista, profesor, gestor cultural y escritor, ha dedicado gran parte de su vida a custodiar y estudiar el patrimonio material e inmaterial que nos dejó como legado el pasado y que da sentido al presente en Canarias.
Este lunes, en el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, el autor presenta bajo el sello de la editorial Baile del Sol su cuarta novela, Gesta, un relato trepidante que sitúa al lector en los días de fuego y pólvora comprendidos entre el 26 de junio y el 8 de julio de 1599, cuando la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria sufrió el feroz ataque de la armada holandesa comandada por Van der Does.
Con Gesta, Domínguez Gutiérrez abunda en una geografía literaria sensible a las complejidades humanas. Es el nuevo eslabón de una cadena que comenzó con El dilema de Spasski (2010), continuó con La dignidad de las amapolas (2017), y alcanzó la madurez con El libro de los recuerdos de Idir el Canario (2022), donde desmitificó con crudeza y realismo la conquista de la isla con la mirada puesta en la compleja y rica sociedad de los canarios.
Apenas un siglo separa el universo aborigen de Idir de los muros coloniales de esta nueva obra. Al preguntarle, el escritor observa con cierta melancolía que se trata ya de «otra isla, más deteriorada, más esquilmada, una colonia dedicada a la exportación de azúcar de caña y a la elaboración de vinos» compuesta por «una sociedad mestiza, temerosa y sectaria, hondamente desigual, pero en la que, paradójicamente, florecían el arte, la literatura, la música y un heroísmo inesperado».
Esa respuesta ante el peligro es la que vertebra el libro. Para el autor, un asedio de tal magnitud diluye temporalmente las fronteras de clase. En ese instante de vulnerabilidad absoluta, el pueblo y las milicias olvidan a quienes los explotan para salir a defender su tierra, lo que convierte la resistencia local en una proeza colectiva. Domínguez confiesa que, para él, el instante de mayor grandeza no aconteció en El Batán, sino en la defensa de las playas a la altura del Woermann, lugar donde cayó Alvarado y donde lamenta que hoy «no haya ni una placa que lo recuerde».
Basta adentrarse en las páginas de la novela para descubrir las profundas heridas sociales de de la sociedad canaria del siglo XVI. Gesta refleja una convivencia abigarrada y contradictoria, “desde terratenientes acaudalados y comerciantes enriquecidos como el propio poeta Cairasco, hasta campesinos empobrecidos, con la iglesia como instrumento de cohesión y represión, esclavos provenientes del continente africano en los trapiches, y una caterva de canallas y puteros que medran alrededor de las mancebías”, enumera. La desigualdad estructural se encarna en personajes como una joven sometida a la doble explotación de ser esclava y verse obligada a servir en la mancebía.
Esa amalgama de aventura, rigor documental y subyacente lectura social parece ser ya una constante en la obra literaria de Dominguez. El escritor sonríe al reconocer que escribe, en el fondo, el tipo de novelas que a él le gusta leer; relatos con «personajes adorables, en un contexto histórico concreto, enfrentados a una amenaza, a un conflicto» donde el lector puede descubrir cómo se desenvuelven.
Sin embargo, es consciente de que reconstruir el pasado exige interpretarlo. Aclara que su retrato de Las Palmas de 1599 no aspira a erigirse como una verdad absoluta, «sino a ser, sencillamente, verosímil». Asegura que, gracias al profundo trabajo de documentación, lo que describe «parece real, pero solo lo parece». La novela, que camina sobre los hombros del valor, guarda también un espacio íntimo para el temor. El autor recuerda que el heroísmo carece de sentido sin su contraparte, y evoca las palabras del Sargento Mayor Heredia en el texto para recordar que «todos tenemos miedo a la muerte» y que precisamente en ese temor reside el verdadero mérito de las personas que arriesgan su vida.
La crudeza del ataque holandés invita a compararla con las tensiones que ya componían las estructuras internas de la sociedad isleña. Para el autor, una guerra representa «la categoría de violencia total y definitiva que anula cualquier código». Con la vista puesta en el presente y en el pasado sombrío de su propia tierra, argumenta que «los ejemplos actuales en Gaza o Irán, así como el recuerdo de la Sima de Jinámar, muestran que la guerra es siempre una excusa recurrente para explorar los límites de la barbarie».
Suscríbete para seguir leyendo











