La reportera (ll)

Por si el curso político no fue bastante calentito, el verano ha entrado con altas temperaturas del clima que hemos alterado con total y tozuda insensatez. La reportera no tiene más que decir que los hechos consumados y los incendios sin control que por sí mismo hablan. Ella es una más de las voces en el desierto que se extiende a medida que los fuegos aumentan. Duro oficio de mostrar la triste realidad incluso anticipándola. No es fácil hacer información sin acuse de recibo, peor es verlas venir dando aviso de lo mismo y ver de brazos caídos a quienes se les alerta para poner remedio o protegernos. La reportera ahora descansa y «en modo avión» está de vacaciones. Se encuentra en un lugar donde el ruido mediático no existe y el físico apenas se aprecia. Este aislamiento temporal se lo pide cuerpo y mente. Si digo que la despiertan los pájaros queda demasiado lírico, pero no es de exagerar que golondrinas y vencejos arman bonito jaleo por el aire al atardecer. También esto es noticia aunque nunca lo fuera si no es por la amenaza que la naturaleza sufre por quienes ella sirve. La madre naturaleza sí, porque es de ley reconocer que madre hay más de una. Madres-tierra, padres-ríos, madre-agua, o diosa-lluvia. Pero se olvida o queda sólo como figura literaria. Así nos va, por el maltrato que le damos y por no dejarnos querer, asilvestrándonos con exceso de consumo, de contaminación, de progreso mal entendido.

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