La sociedad belga jamás olvidará el verano de 1996. El 13 de agosto, la policía detuvo a Marc Dutroux. Le acusaban del secuestro de Laetitia Delhez, una niña de 14 años desaparecida unos días antes. Laetitia, junto con Sabine Dardenne, fue liberada días más tarde con vida. Pero la investigación llevó al descubrimiento de los cuerpos de otras cuatro pequeñas asesinadas. El caso, del que se cumplen 30 años, marcó la memoria colectiva del país.
Laetitia desapareció un 9 de agosto cuando volvía a casa tras un día de piscina en Bertrix, al sur de Bélgica. El testimonio de varios testigos permitió identificar la furgoneta en la que había sido secuestrada y a su dueño: Marc Dutroux. El 13 de agosto, la policía llevó a cabo una operación para detenerle. Dos días después, durante un interrogatorio, Dutroux dijo a los agentes que les «daría» dos niñas.
De una habitación escondida en el sótano de su casa, salieron Laetitia y Sabine, que tenía 12 años cuando fue secuestrada en mayo de ese mismo año. Los cuerpos de Julie Lejeune y Mélissa Russo, de 8 y 9 años, y de An Marchal y Eefje Lambrecks, de 17 y 19, fueron encontrados después por la policía en otras propiedades de Dutroux en varios puntos del país. Las cuatro habían sido secuestradas un año antes, en 1995.
Errores policiales
El caso conmocionó a Bélgica. Condenado por agresión sexual a cinco niñas entre 1983 y 1985, Dutroux estaba en libertad condicional cuando cometió los crímenes. Pero no solo eso, sino que la policía registró su casa después de que varias informaciones apuntaron a que estaba preparando un lugar para mantener cautivas a sus víctimas.
Julie y Melisa estaban en el sótano en el momento del registro, pero los investigadores no repararon en la puerta escondida. «Había una enorme incompetencia por parte de la policía y el poder judicial. Éramos solo un número de expediente. Nos trataron como a un pequeño hurto», aseguró Jean-Denis Lejeune, padre de Julie, en declaraciones a La Libre Belgique con motivo del 25 aniversario del caso. «Dos niñas no desaparecen en la naturaleza a los 8 años. No es lógico», insistió.
El caso marcó a toda una generación que creció con miedo. Cuando se hicieron públicos los detalles, la sociedad belga perdió la confianza en las instituciones y en la justicia. Más de 300.000 personas salieron a la calle en octubre de 1996 para protestar por un caso que consideraban evitable y pedir justicia para las víctimas. Aquella ‘marcha blanca’ fue una de las más multitudinarias de la historia del país.
Una reforma a medias
El entonces primer ministro, Jean-Luc Dehaene, se comprometió a reformar la justicia y a sancionar a los responsables de que Dutroux hubiera estado en la calle. Una comisión parlamentaria concluyó que una de las principales fallas era la falta de coordinación entre los distintos servicios de policía en investigaciones judiciales.
En 1998, Dutroux se fugó durante una vista al tribunal de Neufchâteau. La noticia acabó con la dimisión de los ministros de Interior, Johan Vande Lanotte, y de Justicia, Stefan De Clerck, y relanzó el proceso de reformas que debía cambiar drásticamente el sistema de justicia belga.
Nació la fiscalía federal, se reformó la organización de los distintos cuerpos de policía, desapareciendo la policía judicial, dejando un cuerpo local y otro federal, y se reforzaron los derechos de las víctimas. En 1999 se creó el Consejo Superior de Justicia que debía velar por la independencia de la justicia y, en 2007, se creó un tribunal dedicado expresamente a hacer un seguimiento del cumplimiento de las penas.
El caso llevó también a la creación de un centro nacional para hacer un seguimiento en casos de niños desaparecidos. Una de las quejas de los padres de algunas de las víctimas fue la demora a la hora de investigar los casos, que habría sido determinante. Pero según la prensa local, no hubo consecuencias para los responsables.
Un psicópata condenado a perpetuidad
Las víctimas tuvieron que esperar casi una década para ver a Dutroux sentarse en el banquillo de los acusados. El juicio atrajo una enorme atención mediática nacional e internacional. Más de tres meses de audiencias que acabaron con la condena a cadena perpetua del pedófilo por secuestro, torturas, violación y asesinato.
El tribunal condenó también a 30 años de prisión a la mujer de Dutroux, Michelle Martin, a quien consideró cómplice de los crímenes, y a Michel Leliévre por su complicidad a una pena de 25 años. Otro acusado de participar en los secuestros, Michel Nihoul, fue absuelto. Solo Dutroux sigue en la cárcel. Aunque su abogado llegó a pedir su libertad condicional, un informe psiquiátrico le calificó de psicópata y determinó que sigue siendo un peligro público.
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