Hace unas semanas anduve de vacaciones por Bulgaria y, además de sus bosques densos, los pueblos de origen griego en la costa del Mar Negro, los neveros resistentes en las montañas o el brutalismo arquitectónico propio del bloque soviético; me llamó la atención la cantidad de librerías con las que me encontré. No solo en Sofía, también en ciudades como Plovidv (segunda del país, con una población similar a la de Alicante), Burgas (cuarta, con una población como la de Elche), en las que cada tres calles encontré alguna librería. Y bajando mucho de escala, también en poblaciones como Koprivshtitsa, alrededor de 2.000 habitantes. En este pueblito me resultó llamativa la cantidad de puntos de intercambio de libros viejos y de segunda mano: pequeños armaritos en calles o parques en los que los vecinos dejaban y cogían libros a modo de biblioteca informal y compartida. Esto fue algo que vimos por todo el país.
Como anécdota, curioseando en una de las librerías de Burgas (los libreros tenemos esa querencia a husmear en librerías nada más salimos de casa) me encontré con una sección dedicada a la Literatura Hispánica; y me sorprendió encontrar ejemplares en cirílico de, ya no los superstars como García Márquez, Borges, Vargas Llosa, Isabel Allende o Carlos Ruiz Zafón, sino también descubrí títulos de autores más contemporáneos como Roberto Bolaño, Alejandro Zambra y Javier Cercas, e incluso para mi sorpresa más mayúscula, ediciones más o menos recientes de La barraca de Blasco Ibáñez o Fortunata y Jacinta de Pérez Galdós. ¡Títulos de hace más de un siglo editados en un país de solo 6 millones de habitantes!
A mi regreso comenté esto con el comercial de una distribuidora, y me respondió cínico que al menos a los búlgaros su antiguo gobierno totalitario, además de formarlos, también los educó (interesante debate este de la correlación no siempre directa entre formación y educación: una población formada hablará idiomas, resolverá ecuaciones en derivadas parciales o manejará leyes en litigios, pero una población educada aplicará esta formación de forma crítica a partir del análisis de la realidad en la que se desenvuelve). El caso es que ambos nos lamentamos del mal lugar en el que nos deja la comparativa en lo que se refiere a la salud del negocio del libro en estas tierras. Las estadísticas dicen que, en efecto, cada vez se lee más, y ese dato, en solitario, es muy bueno y nos alegra como no podría ser de otra manera. Pero la forma en que se están configurando nuestras ciudades hunde esa alegría: el traslado de la población hacia barrios periféricos eminentemente residenciales, la concentración de tiendas en centros comerciales donde acudimos en coche desde nuestros garajes, la toma de los cascos históricos por terrazas de hostelería y grandes franquicias (únicas capaces de pagar alquileres desorbitados), que tienden a convertir los centros urbanos en no lugares idénticos con la misma sucesión de firmas comerciales tanto en Elche, Jerez, València, Toledo o Tenerife. Todos estos elementos están matando al comercio tradicional porque cada vez hay menos residentes que acudan a estas tiendas (por no hablar de los inconscientes amazónicos que compran online lo que podrían buscar en sus aceras), y queda un comercio enfocado casi en exclusiva al turismo o la hostelería. Esto es algo que he visto en todos los paseos que he hecho en los últimos años por otras ciudades de España.
Y, cómo no, las librerías entran en el colectivo de comercios damnificados por estos cambios de hábitos socioculturales y de consumo.
Las estadísticas dicen que, en efecto, cada vez se lee más, y ese dato, en solitario, es muy bueno y nos alegra como no podría ser de otra manera. Pero la forma en que se están configurando nuestras ciudades hunde esa alegría
Por eso, aunque resulte doloroso, no debe parecernos raro que la lbrería Séneca, tras 58 años de vida, cierre sus puertas en Elche. Y el centro de la ciudad ya no será el mismo. La primera vez que vi un libro mío en un escaparate fue en Séneca en la Nochevieja de 2011, sin que supieran quién era ese joven autor ilicitano que ni siquiera vivía aquí, tan solo alguien que llegó y dijo: «Hola, me llamo David, y acabo de escribir este libro de relatos, ¿podríais tenerlo aquí?». Por tanto, este final de una librería es el final de muchas historias y trunca el potencial comienzo de otras tantas.
Cegal, que es la unión gremial del sector en España, puso en marcha una Oficina Técnica de Transmisión de Librerías para intentar frenar el principal mal que asola este negocio: la falta de relevo generacional. Y es que ser librero es algo más complicado que la imagen romántica de estar hojeando y ojeando libros con un té mientras atiendes de tanto en tanto a clientes comprometidos sin prisa a los que recomendar alta literatura. No, esto es un comercio, un negocio que exige muchas horas dentro y fuera del horario comercial: como ejemplo, durante y después de esas vacaciones de las que les hablé en Bulgaria, eché unas cuantas horas (demasiadas) al ordenador preparando presupuestos para centros escolares; con un resultado pobre, ya que, salvo honrosas excepciones, los institutos se acaban decantando por hacer sus pedidos a distribuidoras, con las que es imposible competir. Esto es solo un ejemplo de que para llevar una librería, además del romanticismo, hay que gestionar un negocio (yo llevo cinco años aprendiendo aún) y enfrentarse a las veleidades del mercado y a las decisiones del público soberano y en ocasiones inconsciente, en cuyos cálculos y preferencias no tienen por qué entrar los esfuerzo denodados que hacemos los libreros por mantener a flote estas tiendas con tan poco margen comercial.
Por ello, de nuevo uso esta tribuna para hacer un llamamiento: es cosa de toda la sociedad dilucidar si las barbas del vecino en las que queremos tomar ejemplo son las de la vitalidad búlgara o de lo que está a punto de ocurrir en Elche.
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