De qué hablamos cuando nos referimos a incendios de quinta generación
  1. No son solo incendios más grandes
  2. Del abandono rural al cambio climático
  3. Cuando apagar el incendio deja de ser el único objetivo
  4. La regla del 30-30-30
  5. Un verano marcado por los grandes incendios
  6. Hacia una sexta generación

La sucesión de grandes incendios de este verano ha vuelto a poner sobre la mesa un concepto que cada vez se escucha con más frecuencia: los incendios de quinta generación. Pero ¿qué significa realmente esta expresión? ¿Qué hace que un incendio pertenezca a esta categoría y por qué preocupa tanto a los expertos?

Lejos de ser un término periodístico, la clasificación por generaciones fue desarrollada por especialistas en incendios forestales, entre ellos Marc Castellnou y el Grupo de Actuaciones Forestales (GRAF) de los Bomberos de Cataluña, para explicar cómo ha evolucionado el comportamiento del fuego y por qué cada nueva generación plantea desafíos que superan la capacidad de respuesta anterior.

No son solo incendios más grandes

La principal diferencia de un incendio de quinta generación no es únicamente su tamaño, sino la combinación de varios factores que hacen que resulte extraordinariamente complejo de controlar.

Estos incendios presentan una gran velocidad de propagación, alcanzan una intensidad muy elevada, generan enormes cantidades de energía y, además, suelen producirse de forma simultánea con otros grandes incendios forestales.

Esa coincidencia de varios frentes activos es precisamente uno de los rasgos que define esta quinta generación y puede llegar a poner al límite el sistema de emergencias.

Según la clasificación elaborada por los expertos, en esta generación «algo está cambiando». El abandono del medio rural ya no explica por sí solo el comportamiento del fuego. El cambio climático empieza a desempeñar un papel determinante, favoreciendo escenarios cada vez más dinámicos y difíciles de anticipar. 

Del abandono rural al cambio climático

El documento explica que los incendios forestales han ido evolucionando durante décadas como consecuencia de distintos cambios sociales y ambientales.

Las primeras generaciones aparecieron con el abandono de la actividad agrícola y ganadera, que favoreció la continuidad de la vegetación y permitió que el fuego recorriera grandes superficies sin encontrar apenas barreras naturales.

Posteriormente aumentó la velocidad de propagación debido a la acumulación de matorral y combustible vegetal. 

La tercera generación dio paso a los Grandes Incendios Forestales (GIF), capaces de lanzar focos secundarios a grandes distancias y superar la capacidad de extinción mediante ataque directo.

Fue entonces cuando los especialistas comenzaron a abandonar las maniobras tradicionales para adoptar planteamientos tácticos basados en aprovechar las denominadas «ventanas de oportunidad».

La cuarta generación añadió un nuevo problema: el fuego comenzó a penetrar en la interfaz urbano-forestal, es decir, en aquellas zonas donde el bosque convive con urbanizaciones, viviendas o infraestructuras. La prioridad dejó de ser únicamente apagar las llamas para proteger también a la población y evitar el colapso del dispositivo de emergencias.

Desalojos de vecinos con el incendio acercándose, en La Adrada, a 25 de julio de 2026, en Ávila, Castilla y León. César Vallejo Rodríguez / Europa Press

Cuando apagar el incendio deja de ser el único objetivo

La quinta generación supone un nuevo salto.

Los expertos explican que ya no basta con tomar decisiones tácticas sobre dónde desplegar los medios o aprovechar determinados momentos para atacar el incendio.

Ahora resulta imprescindible adoptar decisiones estratégicas, anticipándose al comportamiento del fuego y pensando incluso en el paisaje futuro que dejará tras su paso.

En este escenario, el objetivo no siempre consiste en extinguir inmediatamente todas las llamas. En determinadas circunstancias, los responsables de la emergencia deben priorizar la protección de las personas, evitar el colapso del operativo y minimizar los daños, asumiendo que algunos frentes no podrán detenerse de forma inmediata.

El documento también señala que los grandes incendios pasan a contemplarse como gestores del paisaje, por lo que las decisiones estratégicas incorporan criterios de piroecología, es decir, de cómo influirá el fuego en la evolución futura del territorio y cómo favorecer paisajes más resilientes.

La regla del 30-30-30

Los incendios que afectan actualmente a España reúnen muchas de las condiciones que favorecen este tipo de comportamiento extremo.

Bomberos, meteorólogos y expertos forestales utilizan desde hace años la denominada regla del 30-30-30, que resume el escenario de mayor riesgo para la propagación del fuego: temperaturas superiores a 30 grados, humedad relativa inferior al 30% y rachas de viento por encima de los 30 kilómetros por hora.

Ese cóctel meteorológico favorece que el incendio avance a gran velocidad, genere un calor extremo y dificulte enormemente las labores de extinción.

A ello se suma la gran cantidad de vegetación acumulada tras años de abandono rural y los efectos cada vez más visibles del cambio climático.

Un verano marcado por los grandes incendios

La actualidad refleja hasta qué punto este escenario preocupa a las administraciones.

La ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, ha cifrado en más de 170.000 las hectáreas afectadas por incendios forestales en España en lo que va de año, una superficie seis veces superior a la registrada durante todo el mismo periodo de 2025.

Entre los incendios más graves figura el de Vall d’Uixó (Castellón), con más de 7.200 hectáreas quemadas y más de 16.000 personas desalojadas, así como el gran incendio que afecta a la Sierra Oeste de Madrid, donde las llamas han confluido con las procedentes de Burgohondo (Ávila) hasta formar un único frente de enormes dimensiones.

El fuego de Ávila, que ya ha arrasado alrededor de 50.000 hectáreas, ha sido calificado como el más agresivo de la historia de España, un ejemplo del tipo de incendios que obligan a replantear la estrategia de extinción.

Hacia una sexta generación

La clasificación de Castellnou no termina en la quinta generación.

Los expertos describen una sexta generación, asociada de forma directa al cambio climático, en la que los incendios llegan a alterar la estabilidad de la atmósfera, pudiendo generar tormentas de fuego y fenómenos extremadamente difíciles de predecir.

En esos casos, la prioridad pasa a ser gestionar la incertidumbre y adaptar continuamente las decisiones al comportamiento cambiante del incendio.

La evolución descrita por los especialistas refleja que los incendios forestales ya no son únicamente un problema de extinción.

Son también el resultado de décadas de cambios en el paisaje, el abandono del medio rural, la acumulación de combustible vegetal y el impacto del cambio climático, factores que han transformado por completo la manera en que el fuego se comporta y la forma en que los servicios de emergencia deben enfrentarse a él.



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