La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, prometió a comienzos del pasado mes de junio «restricciones sustanciales» para la pesca rusa. Lo hizo en el marco del vigesimoprimer paquete de sanciones contra el país de Vladímir Putin, en respuesta a la guerra en Ucrania. Y entre las medidas anunciadas destacó la prohibición completa del bacalao, uno de los productos estrella de la flota oriental. Desde entonces ha pasado más de un mes de negociaciones y discrepancias en torno a esta propuesta, que necesitaba el plácet de todos los Estados miembros para prosperar. Y no lo ha hecho. Al Ejecutivo comunitario no le ha quedado más remedio que cesar en su intento de penar al Kremlin por esta vía —que aspiraba a ser la primera ofensiva contra el sector pesquero de la nación más grande del mundo—. Solo así ha logrado luz verde para la gran mayoría de actuaciones que contemplaba en su último tren de castigos, adoptado el pasado jueves por el Consejo de la Unión Europea y que «asesta un duro golpe» a Moscú en ámbitos como la energía, los servicios financieros y las criptomonedas.
La industria transformadora gallega respira más tranquila, después de haber advertido que la decisión estaba «desbalanceada» y podría «perjudicar más a los intereses europeos que a la pesca rusa», situando como principal reto el de garantizar el aprovisionamiento «sin generar distorsiones adicionales». Desde Anfaco-Cytma recuerdan que España estaba menos expuesta que otros territorios aliados, donde el impacto en algunas fábricas habría sido «muy importante». «Hay que medir siempre la proporcionalidad», señala en este sentido la asociación. Conxemar, por su parte, subraya que «esta situación podría haber incrementado la presión sobre el abastecimiento de materias primas, los costes de aprovisionamiento y la competitividad de la industria europea y española».
La propuesta de la Comisión Europea no ha prosperado a causa de la resistencia ejercida a lo largo de las últimas semanas por tres países de los Veintisiete, que han luchado para que el sector pesquero quedase fuera del vigesimoprimer paquete de sanciones contra Rusia. Alemania y Polonia, dependientes de las importaciones de abadejo de Alaska —otra de las especies a priori afectadas por las restricciones—, y Portugal, en su caso por el bacalao, han logrado tumbar así las medidas anunciadas. Para Seafood Europe, esto «demuestra que una política de sanciones eficaz y la protección de las cadenas de suministro de alimentos esenciales pueden y deben ir de la mano», según avanzó su presidente, Guus Pastoor, en declaraciones a Euractiv.
La valoración de la patronal europea de la industria transformadora del mar choca con la de la flota, Europêche, que sí apoyó la decisión de Bruselas y pidió que las restricciones fuesen «eficaces y exhaustivas», aplicándose también «a los productos pesqueros rusos procesados en terceros países y posteriormente exportados a la Unión Europea». «El bacalao ruso y otros productos pesqueros han seguido accediendo al mercado comunitario con estándares muy inferiores a los exigidos a los pescadores europeos, lo que genera una competencia desleal», subrayó en este sentido. En la misma línea se pronunció en España el presidente de la Asociación Nacional de Armadores de Buques de Pesca de Bacalao (Agarba), Iván López, que definió el castigo a la pesca rusa como una «buena noticia».
Las compras de pescado y marisco que llegan directamente de Rusia han caído con fuerza en los últimos años. En España, su valor se hundió de los 70,5 millones de euros a solo 19,8 entre 2023 y 2025, mientras que en Galicia se redujo de 22,5 a 2,5 millones. Esto se debe a que la Comisión Europea le arrebató el privilegio de beneficiarse de su nuevo régimen de contingentes arancelarios autónomos, el mecanismo que permite a la industria transformadora importar ciertos productos del mar procedentes de terceros países libres de aranceles.
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