Paraíso perdido

La urbe de Madrid vive bajo dos movimientos de distinto signo, la atracción de masa (semejante a la fuerza de la gravedad, que tira hacia ella) y la pulsión de huida o escape, que crece en sus tórridos veranos, con la sensación de encierro del efecto horno. La mente de quienes viven allí necesita saber, al acercarse un finde, que aparte del agobiante viaje a la costa hay vías de escape. Tal vez la más atrayente era el oasis del embalse del Burguillo, como a hora y media, con su entorno montuoso y arbolado, una amplia lámina de agua, playa de arena y buenas instalaciones, un verde paraíso para aliviar la angustia de la ratonera. Al ver las imágenes tras el paso del gran incendio de la Sierra, ahora en blanco y negro, humeantes, desoladas, derrotado el paisaje en su afán de ofrecer un hábitat a los seres vivos, humanos incluidos, la idea de paraíso perdido cobra toda su siniestra fuerza.

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