La expresión “lista de espera” suena a fórmula administrativa inocente. Uno imagina una cola ordenada de personas que echan un vistazo a los mensajes del móvil mientras aguardan la aparición de su número en la pantalla de la panadería. Cuando la lista de espera pertenece a la sanidad, adquiere sin embargo un aire inquietante. Recuerda, salvando las distancias, al pasillo de la muerte de las cárceles estadounidenses. De hecho, hay enfermos que reciben la cita para ser operados cuando ya han alcanzado la condición de difuntos. De ahí la semejanza emocional entre dos situaciones tan diversas. Desde el momento en que uno entra en la lista deja de medir el tiempo con el calendario y empieza a medirlo con el cuerpo. Cada mañana se pregunta si el tumor habrá crecido un milímetro, si la lesión habrá decidido acelerarse, si el órgano implicado seguirá comportándose con la paciencia que le exige la burocracia estatal. En el corredor de la muerte, el preso desconoce el día exacto de la ejecución. En la lista de espera, el paciente desconoce el día en que volverá a renacer, si llega. Entre tanto, colecciona comunicaciones oficiales, aplazamientos, cambios de fecha, silencios administrativos… Uno espera el final; el otro, un comienzo. Pero ambos descubren que la espera es una ocupación mental a tiempo completo.
Lo extraordinario es que el lenguaje oficial haya logrado domesticar esa experiencia. “Está usted en lista”, dicen, como el que dice “el pollo está en el horno”. La frase oculta que hay personas cuya vida queda suspendida. No pueden viajar, comprometerse, dormir, trabajar con normalidad o hacer planes porque su existencia gira alrededor de una llamada telefónica que puede llegar mañana o dentro de seis meses, no se sabe.
Las listas de espera constituyen una de las formas más sofisticadas de la crueldad. Son el producto de un sistema que intenta atender a todos con recursos con los que solo se puede atender a algunos. Precisamente por eso resultan tan perturbadoras: por lo que tienen de lotería y porque carecen de verdugos visibles a los que dirigirse (los políticos han logrado desentenderse de ellas). No hay un funcionario malévolo disfrutando del retraso, solo una maquinaria sobrecargada en la que el tiempo, esa medicina que lo cura todo, acaba convirtiéndose también en una enfermedad.













