Verdugos invisibles, por Juan José Millás

La expresión “lista de espera” suena a fórmula administrativa inocente. Uno imagina una cola ordenada de personas que echan un vistazo a los mensajes del móvil mientras aguardan la aparición de su número en la pantalla de la panadería. Cuando la lista de espera pertenece a la sanidad, adquiere sin embargo un aire inquietante. Recuerda, salvando las distancias, al pasillo de la muerte de las cárceles estadounidenses. De hecho, hay enfermos que reciben la cita para ser operados cuando ya han alcanzado la condición de difuntos. De ahí la semejanza emocional entre dos situaciones tan diversas. Desde el momento en que uno entra en la lista deja de medir el tiempo con el calendario y empieza a medirlo con el cuerpo. Cada mañana se pregunta si el tumor habrá crecido un milímetro, si la lesión habrá decidido acelerarse, si el órgano implicado seguirá comportándose con la paciencia que le exige la burocracia estatal. En el corredor de la muerte, el preso desconoce el día exacto de la ejecución. En la lista de espera, el paciente desconoce el día en que volverá a renacer, si llega. Entre tanto, colecciona comunicaciones oficiales, aplazamientos, cambios de fecha, silencios administrativos… Uno espera el final; el otro, un comienzo. Pero ambos descubren que la espera es una ocupación mental a tiempo completo.

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