Francia puso precio a la cabeza de Mariano Rajoy. Después de cortársela, según es habitual en un país de regicidas decapitados colectivamente por el cura Merino, afamado guerrillero y goleador. Al expresidente del Gobierno solo le molestó que su artículo denigratorio se leyera demasiado, adentrarse en el terreno de lo viral y lo viril cuando se conforma con ser un hombre solo.
Aznar lo creó entre tres candidatos, y lo repudió por haber partido el PP en tres mitades, la casa solariega, Ciudadanos y Vox. Nunca imaginó Rajoy que su nombre figuraba en el cuaderno azul de su amo, y aceptó la navegación de la crisis económica como una molestia pasajera. En cuanto pudo, solicitó el apoyo del PSOE para compartir el cáliz de la investidura. De hecho, puso a los socialistas como ejemplo de aliados leales a Albert Rivera, a pocos días de ser derrocado por la única moción de censura victoriosa.
Censurar a Rajoy supone una exageración. Por eso decidió conservarse en etanol de sobremesa, mientras Pedro Sánchez ascendía al Gólgota de las imputaciones familiares masivas. Y ahora relampaguea gracias a un zurriagazo digital en dos palabras. Dictar «eso sí, sin franceses» lo ha lanzado a la altura de Lamine Yamal, y probablemente precipitó el desorden patente en la Francia semifinalista.
Rajoy siempre flota, pertenece a la estirpe decreciente de personas que no esperan nada de sí mismas, porque la primera regla de la supervivencia consiste en pasar desapercibido. El expresidente que rehúye el protagonismo ha montado la Mundial. Los dirigentes de su partido no se sentían agraviados, sino celosos. Y los franceses llanos hablaban de su selección en términos más duros que el político español, tras la eliminación.
A estas alturas, cuesta mantener la tensión explosiva del «sin franceses», rescatar el día en que la opinión publicada reaccionó como si a Rajoy le hubieran encontrado un millón en joyas en una covachuela.
Atribuir al orgullo su ausencia de disculpas es un derroche energético, teniendo a mano la más eficiente pereza.
La mayoría de estadistas sufren el olvido de sus súbditos desmemoriados, el momento en que los teléfonos dejan de sonar. Rajoy nunca ha padecido la angustia de la perennidad. Comparte con George Bush hijo el atinado «qué nos importa lo que dirá la historia de nosotros, no estaremos aquí».
Rajoy neutraliza cualquier polémica, con o «sin franceses». De la famosa definición de José María García, «pasa por los sitios sin ensuciar y sin limpiar», con la Kitchen ya solo queda intacta la segunda mitad. En el balance positivo, tiene mérito apacentar a Soraya y Cospedal sin que llegaran a las manos.
En la prehistoria, Camilo José Cela podía sentenciar entre regüeldos que «los franceses son el pueblo más tacaño del mundo, a nadie le ha invitado un francés a un café». Los lectores esbozaban una sonrisa, el exabrupto no traspasaba los Pirineos, el ministro Albares se acunaba en el jardín de infancia. En la era de la cancelación acelerada, enunciar que «hay un francés que no me cae demasiado bien» libera los diques de las invectivas.
Rajoy es el campeón mundial de las frases dislocadas. Cada español puede elegir entre los millones de traspiés lingüísticos del primer presidente gallego sin repetirse, el favorito aquí reza que «los catalanes votan demasiado». Y antes de descalificar este aserto como una vulgaridad, conviene apreciar su sutileza existencial.
Sé de qué hablo, me he pasado dos tardes a solas con Rajoy. En el primer sábado que compartimos, era vicepresidente del Gobierno con múltiples competencias. Pues bien, no recibió ni una sola llamada telefónica que turbara su descanso, el equivalente a no tener ni un papel sobre la mesa del despacho. Aunque disfrutaba de un fin de semana de asueto, tampoco le acompañaba ningún familiar. Esporádicamente, se asomaba un escolta despistado para comprobar que su jefe no se había desvanecido. El número dos de Aznar podría haber desaparecido aquel día, y nadie habría notado su ausencia hasta hoy mismo. Si no fuera por el maldito «sin franceses».
En mi primer y dilatado encuentro con Rajoy aprendí que su truco consiste en dar siempre la razón a su interlocutor, con lo que se ahorra cualquier argumentación. Aproveché este truco para acosarlo en nuestro segundo encuentro sabatino, con entrevista incluida. Se había mudado a un hotel menos aparente, «porque el Son Vida se ha puesto a unos precios», pero seguía ajeno a cualquier estrés para desbancar a Zapatero. Todo a su tiempo.
Dado que el Mundial ha actualizado a Rajoy, es obligado plantear en lenguaje futbolístico qué lugar ocupa entre los presidentes del Gobierno españoles. Tal vez el cuarto, tras el hundimiento de Zapatero. Claro que Rajoy preferiría ser el cero, y poco más.












