A veces clasificamos a los seres humanos según un enunciado y su contrario. Ejemplos: los que tienen perro y los que no; los que adoran viajar y los que piensan que eso de conocer otros lugares está sobrevalorado; los que se casan y los que permanecen solteros; los que hacen deporte y los que consideran que es suficiente ejercicio pasar las hojas del periódico… Es seguro que a ustedes se les ocurren miles, millones, de divisiones más. A mi me llama especialmente la atención la que hace Rocío, una amiga de mi hijo Álvaro. Rocío es psicoanalista, pero no creo que su profesión tenga algo que ver con que diga que hay dos clases de personas, las que pelan el tomate y las que no; y tengo que reconocer que esta división es buena, muy buena.
Soy de las que pelan el tomate. Y no se lo achaco al perfeccionismo, sino a la textura que adquiere. Familia y amigos se extrañan y hacen bromas sobre mi manía, pero observo que se comen mis ensaladas con verdadera fruición. Y al pepino, no sólo le quito la piel, sino que rasco en su interior con una cuchara para eliminar las semillas. Me asombro cuando en restaurantes de varios tenedores sirven el pepino cortado en ruedas, con piel y todo. Dicen que a la gente le gusta así, de manera, querida Rocío, que podemos hacer otra división: los que pelan el pepino y los que se lo comen tal y como sale de la mata.
Lo de mantener la piel en las hortalizas sólo lo admito en el gazpacho, porque añaden color y porque con las supermáquinas quedan absolutamente trituradas, aunque me parece especialmente interesante pelarlas para elaborar el refrescante gazpacho de jeringuilla -totalmente emparentado con la pipirrana- que consiste en un ligero y menudo picadillo de tomate, pimiento verde, cebolleta y pepino, que se presenta nadando en abundante agua fría aliñada con aceite de oliva crudo, vinagre y sal. En Málaga se le suele añadir el majado de un diente de ajo y unas hojitas de hierbabuena. Y pienso que también estaría indicado pelarlas para elaborar el gazpacho artesanal, aquel que se hacía -no conozco a nadie que todavía lo haga- en el patio a la caída de la tarde, cuya mayor frescura era la aportada por el agua del pozo, y requería -requiere- paciencia, orden en los ingredientes -de mayor a menor dureza- y fuerza en la mano, que tiene que pasar un buen rato maja que te maja; por esto solía ser una labor encomendada a los hombres. En los tiempos que corren debemos confiar en la batidora para obtener la textura deseada y en el frigorífico o el hielo para refrescar. Lo del majado en el patio queda bonito para un cuadro costumbrista y para la leyenda.
*Académica











