De Mikel a Mikel, de Merino a Oyarzabal, de Pamplona a Eibar. Y, de ahí, hasta Don Benito, paradigma de la España vaciada que vio nacer a Pedro Porro, el MVP oficial del partido, una distinción que la FIFA tiende a conceder a las supestrellas. Pero ni la clasista brillantina de Infantino se pudo resistir esta vez. Porque esta España debía ser la de Lamine y de los de nuevo suplentes Pedri y Williams o no sería. Así lo rezaban las previas, basadas en la historia reciente y también en el sentido común. Pero ha resultado que esta España sí es sin necesidad de ser alumbrada por los destellos de sus grandes referentes generacionales.
Es esta, en fin, la España de los sin nombre. La orgullosa España de los sin nombre que el domingo disputará la segunda final mundialista de su historia tras hacer descarrilar a la mayor y más lustrosa colección de cromos de este Mundial. Ya saben: Mbappé, Olise, Dembélé, Doué, Saliba… Todos ellos, sin pegamento que los adhiriera al partido, condenados a luchar por el tercer puesto entre quien caiga este miércoles entre Inglaterra y Argentina.
Pleno de finales con De la Fuente
A la ganadora de esa semifinal de regusto malvinense le esperan los hombres de Luis de la Fuente, otro de los ha reivindicado en este último ciclo que el talento y el buen hacer no necesitan un apellido nobiliario previo. Desde que relevó a Luis Enrique en diciembre de 2022, el riojano ha alcanzado la final en los cuatro torneos que ha dirigido: dos Nations League, una Eurocopa y este Mundial. Una ratio de éxito, pase lo que pase el domingo, que no encuentra parangón en el fútbol mundial.
«Siento ahora mismo algo parecido a la felicidad, el orgullo de dirigir un grupo de jugadores tan excepcionales. Es una grandísima responsaibilidad, estar en la final de un Mundial es un lujo para los elegidos y tenemos que asimilar todo esto. Empezamos hace cuatro años con una idea a la que hemos sido fieles y que es la que nos ha traído hasta aquí», decía con la voz todavía entrecortada el capaz de una generación ya histórico del fútbol español.
Pedro Porro y Mikel Oyarzabal de España celebran uno de los goles contra Francia. / Carlos Ramírez / EFE
Oyarzabal entra en la historia
Con perdón de Merino, a quien esta vez no le fue reclamado el rol de superhéroe, quizá sea Oyarzabal quien mejor represente lo que es esta selección. Un tipo de pueblo que nunca quiso otra cosa en el fútbol que ser una leyenda de su Real Sociedad (no era poca cosa), que minutos antes de la semifinal hablaba con la tranquilidad de quien está a punto de jugar la cuarta jornada de Liga contra un recién ascendido. ¿Cómo pensar en ser el nueve de España la final de un Mundial quien ni siquiera fue nunca un nueve?
El capitán txuriurdin, quien ya fue el héroe que brindó la Eurocopa a España hace dos veranos, fue quien abrió la fiesta desde el punto de penalti, faceta en la que es Balón de Oro. Con su gol, su cuenta en este Mundial ascendió a cinco goles, empatando el mejor registro histórico de un español con Butragueño y Villa. Esa es la mesa en la que come un jugador que esta temporada ha marcado 14 goles en 15 partidos con España, récord absoluto. «Es una barbaridad», como definió él el hecho de alcanzar la final.
«Es un sueño hecho realidad, ni en mis mejores sueño», resumía Pedro Porro, que se tuvo que retirar lesionado minutos después del segundo gol, rehusando la atención hacia sí mismo: «Esto es de todos, es de los 26«.
Desde el palco del estadio de Dallas presenciaron la exhibición española Xavi, Casillas, Ramos y Puyol, quienes ya eran estrellas de primer orden cuando alzaron el único Mundial que, al menos hasta el domingo, posee España. Esta selección juega tan bien como la suya, pero, por mucho que no deje de sonar la voz de Aitana cantando Superstrella, es otra muy distinta. La de los sin nombre. La gloriosa España de los sin nombre.
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