Cada vez que suena La Marsellesa me pongo tenso. No hay derecho, es como empezar perdiendo dos a cero. Debería estar prohibido tener himnos como ese. Suena después nuestra melodía sin letra mientras Fabián, Unai, Laporte y compañía miran al infinito y más allá, y se produce un anticlímax de manual. Lo que nos salva es que Didier Deschamps no tiene ni de lejos los tríceps ni la calva que tiene Luis de La Fuente, ahí ganamos. A los quince minutos nos da el primer susto Mbappé. Todos los pases son medidos, pensados, milimetrados. Cero riesgos, aquí todo dios hace lo que se ha escrito en la pizarra. Atentos todos a las transiciones francesas. Y de repente, y de parte del equipo más sobrado y con más figuras del campeonato, Digné nos regala el penalti a Lamine, que Oyarzabal chuta a media altura, fuerte, colocado.
Pues uno a cero y vamos todos a hidratarnos. Primera vez en todo el Mundial que Francia va por detrás en el marcador. Y encima se les lesiona un defensa. Y Olise que parece un cualquiera. Y Rabiot a punto de ser expulsado. Y a Mbappé que se le empieza a torcer el morro. Les está bien empleado, por jugar sin franceses rubios y con los ojos azules (Rajoy dixit) Mientras, quién lo diría, nosotros parecemos la Alemania de los años setenta y ochenta, fiables, serios, sabiendo el tipo de cosas que hay que hacer para ganar este tipo de partidos y plantarnos en este tipo de finales. Con la mosca detrás de la oreja nos vamos al descanso, sin saber muy bien si venirnos arriba o mantenernos cautos.
Kylian Mbappé, lloroso, abandona el camppo tras consumarse la derrota de Francia frente a España en la semifinal del Mundial 2026. / Kenneth Fernandez
Empieza la segunda parte y todo sigue igual. Deschamps mueve el banquillo. Y De la Fuente se ha quitado ya la corbata, así que seguro que va a pasar algo bueno. España empieza a gustarse saliendo siempre con el balón tocado desde atrás, en modo imperial. Los no-franceses persiguen sombras y por momentos no saben ni dónde están, ni a qué han venido. No sabemos a quién nombraríamos MVP porque el espectáculo orquestal hispánico que estamos dando en Dallas es potente y de los que hacen historia . Y tras otro rondo que llega desde atrás, Porro la da al borde del área a Dani Olmo que se la devuelve de vicio para que el extremeño entre como una moto solito en el área y coloque el segundo en el marcador.
Ver para creer, vaya mundial que se está marcando el lateral y Francia cero; España, dos. Aparece Beckham en las pantallas («papá, tú es que no te pareces en nada a Beckham», me dice mi hija. Me duele, porque le sale del alma) diciendo a unos colegas «this is done, buddies». Esto está hecho, chavales. Lamine salta a defender a Mbappé. Cucurella ha hecho cerca de setecientos cincuenta y tres kilómetros corriendo. Rodri lo mismo para, que templa, que manda. Y Unai lo borda en todas las salidas de fuera del área que hace. Quedan diez minutos y España sigue presionando arriba a los franceses en su área.
Mbappé, desesperadito y sin sonrisitas acaba desquiciado y malencarado. ¿Y Dembele? ¿y Olise? ¿Y Barcola? ¿Allò? Al que parecía el equipo del campeonato le hemos pasado por encima como si tal cosa, sin dar una sola patada y con «know-how» que hay que patentar ya mismo, para que nadie nos lo pueda quitar. Y sí, estamos otra vez en otra final de un mundial, y a lo grande.
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