Enrique Morente abrió las Noches del Botánico desde otro tiempo. Su voz grabada inundó Madrid con gran profundidad mientras Kiki, su hijo, aguardaba quieto, sin lanzarse a por ella. Cuando empezó a cantar, no hubo un relevo, ojo, sino una fusión volcánica. Hay discos que esperan agazapados, con los dientes fuera, a que alguien tenga el valor de acercarse. Y Omega, 30 años después, sigue mordiendo con la rabia de entonces. Kiki no salió a disfrazarse de heredero ni a ganar una competición imposible: negoció con la ausencia de Enrique. A veces, la tuvo delante. Otras, pareció llevarla cosida a la garganta. Un intercambio de energías que, este martes, mientras España se jugaba la plaza a la final del Mundial, puso sobre la mesa una verdad incandescente: la memoria no es una obligación familiar, sino una corriente eléctrica que te hace vibrar más allá de la muerte.
La ceremonia arrancó con Manhattan y una Lagartija Nick escondida tras máscaras blancas, como si la banda hubiera regresado de una ciudad enterrada por Federico García Lorca. Antonio Arias, Juan Codorníu, David Fernández y Juan José Machuca fueron despojándose de aquellos rostros prestados mientras el escenario empezaba a llenarse de palmas y figuras. Nada sonó domesticado. El bajo empujó desde abajo y la batería levantó el polvo. Las guitarras eléctricas, por su parte, se cruzaban al gusto con las flamencas sin buscar una fotografía de familia. No hubo pacto de no agresión. Hubo pelea. Y sonó magnífico: Vals en las ramas y La aurora de Nueva York, por ejemplo, crecieron en este choque, con Kiki cantando sin aspavientos, apretando la voz en los agudos y dejando que el verso hiciera el resto. Madrid no asistió a una reconciliación entre géneros, sino a una discusión feroz que nadie quiso ganar.
Kiki Morente y Lagartija Nick han homenajeado el ‘Omega’ de Enrique Morente por su 30 aniversario. / FER GONZÁLEZ
Israel Galván apareció de repente, sin pedir sitio. Enmascarado y con el cuerpo convertido en una caja de ritmos rota, afrontó Niña ahogada en el pozo a golpes secos y silencios. Bailó a pecho descubierto, desafiando a la propia música. Cada tacón parecía una piedra lanzada contra el orden del espectáculo y cada pausa abría un agujero por el que se coló otra forma de entender el flamenco. Cuando Lagartija Nick se retiró durante el bloque más desnudo, las guitarras tomaron el mando y Kiki quedó expuesto en Solo del pastor bobo y Sacerdotes. La temperatura bajó, pero la tensión siguió bien arriba. Ahí se vio mejor al cantaor: menos preocupado por demostrar que podía cargar con una obra transformada en mito. Omega no pedía un héroe: necesitaba cuerpos dispuestos a dejarse atravesar. Y el hijo de Enrique puso el suyo a disposición absoluta.
El concierto estuvo construido como una subida lenta hacia el desorden. Cada tema añadió una capa: los fantasmas de Nueva York, la percusión de Galván, el recogimiento de las voces y un Kyrie eleison que hizo del recinto una capilla. La dirección musical de Víctor Martínez y la puesta en escena de Verónica Morales sujetaron el armazón sin borrar la sensación de peligro. Y eso lo volvió hipnótico. En Vuelta de paseo, Lagartija Nick volvió con el volumen por delante y Kiki respondió desde el cante. Los cortes, poco a poco, fueron abriéndose sin pudor, dando protagonismo al arte que los inmortalizó: sonaron torcidos y hermosos, aún capaces de revolverse. El montaje evitó la nostalgia, un tópico de todo aniversario que pule las aristas hasta que la obra deja de parecerse a sí misma. Aquí, en cambio, los bordes siguieron cortando.
El peso del apellido Morente
Aleluya bajó la velada a tierra. La adaptación de Leonard Cohen volvió a funcionar como una oración profana, pero también como un lugar desde el que mirar el presente, con una reivindicación política que quebró cualquier tentación de convertir el repertorio en reliquia. Después, Ciudad sin sueño reunió todas las fuerzas que la cita había ido acumulando y las lanzó de golpe sobre el público. Lorca volvió a sonar contemporáneo porque su Nueva York de alambre y hambre no pertenece únicamente a 1929. Kiki cantó, entonces, con una libertad que no había tenido al principio, como si hubiese necesitado recorrer el disco entero para sacudirse la pregunta que lo perseguía desde que apareció: qué hacer con la voz de tu padre cuando se ha vuelto eterna. La respuesta fue abrumadora: encontrar un lugar propio sin echarla del escenario.
El resultado no fue un homenaje al uso, sino una criatura viva. Omega regresó a Madrid con 30 años a la espalda y ninguno en las rodillas. Siguió siendo excesivo, oscuro y libre. Kiki salió airoso porque comprendió que su apellido es más una puerta que una corona. Y Lagartija Nick volvió a demostrar que la distorsión puede abrazar al flamenco sin ponerle correa. Ninguno se adueñó del tablao porque la obra no se lo permitió. A lo largo de la noche, poemas y ausencias empujaron en la misma dirección hasta levantar algo parecido a una tormenta. Cuando se apagaron las luces, la Complutense no salió en paz. Algo la había removido. El disco que una vez escandalizó a flamencos y rockeros había vuelto para recordarles que la música sólo envejece cuando deja de correr riesgos. Y, anoche, Omega volvió a saltar al vacío. Y, de nuevo, ay, cayó de pie.
Fuente: El Periódico de España











