A Ramón Herrera siempre le gustaron el mar y la pesca submarina, y cuando un día de hace 19 años escuchó a un hombre comentar en la playa que era buzo profesional, la idea de que ese podría ser su futuro se fijó en su mente. Tras buscar información se inscribió en un curso de un año. «Cuando tienes que elegir una profesión, a veces aparece por casualidad», asevera este grancanario de 36 años que trabaja como hombre rana en una de las empresas de trabajos submarinos del Puerto de Las Palmas, Reprosub.
Aquel encuentro casual en la orilla del mar fue el primer paso para descubrir que le gusta «más trabajar bajo el agua que estar viendo pescados».
En 2008 hizo sus primeras prácticas y desde entonces no ha dejado de trabajar, convirtiéndose en una de las piezas claves del equipo que lidera José Luis Samper.
Reparaciones, rescates y trabajos extremos
Ramón lo tiene claro: «Me gusta lo nuevo, hacer cosas que no haya visto antes y trabajos que no sean los habituales y no pueda hacer cualquiera». Y esa inquietud por retarse cada vez más y probar cosas nuevas, ha hecho que además de las reparaciones submarinas y los rescates en el mar, sea uno de los especialistas que se encargan de los arreglos de las depuradoras, uno de los trabajos más duros de su sector. «Hacer algo que no hace cualquiera te hace sentir bien, más capacitado y preparado», sentencia.
Ramón Herrera, preparado para una inmersión en el Puerto de Las Palmas / Andrés Cruz
Lo que más le gusta de su profesión son los rescates de barcos y los reflotamientos. «Ver cómo un barco hundido o una estructura enorme que está en el fondo del mar sale del agua y la colocas fuera es muy gratificante». Precisamente, él fue uno de los responsables de sacar a flote el coche de Agustín Ojeda, el vecino de Salinetas que vio en marzo de 2025 cómo el agua que bajaba por el barranco durante un temporal arrastró su vehículo hasta varios metros hacia dentro hasta que se hundió. También fue el que sacó el mar otro automóvil que se deslizó por el muelle de Arinaga, entre otros.
La oscuridad de las depuradoras
Sin embargo, una de sus especialidades es la de las reparaciones de las depuradoras, un trabajo «menos agradable» al que se ha acostumbrado gracias a su capacidad para relajarse y concentrarse.
En estas misiones, todo son dificultades. «Es una sensación diferente porque no se ve absolutamente nada y cuando entramos en el agua estamos acostumbrados a notarla, pero en una depuradora hay como medio metro o un metro de espuma creada por la materia fecal que provoca una sensación rara e, incluso, mareo», tanto por el entorno como el efecto de las hélices que hay en el fondo «que mueven todo y recirculan la materia».
«Cuando bajas, no ves nada porque es oscuridad total. El cerebro detecta que tienes los ojos abiertos, pero que no estás viendo nada, y mucha gente se marea por eso. Tienes que cerrar los ojos para que la mente entienda que no ves porque los tienes cerrados».
Por ese motivo, antes de sumergirse en una depuradora estudia los planos y planifica mentalmente hasta el último detalle de lo que hará. Luego, ya dentro del depósito dedica los primeros segundos a relajarse para adaptarse al nuevo entorno y después comienza a trabajar «al tanteo, siguiendo una línea de tubos que hay en el fondo».
Para concluir con éxito estas tareas, precisa Ramón, hay que tener la cabeza muy fría porque si se pierde, debe empezar de cero sin tener referencias. A todo ello se une el riesgo de que pueda trabar el umbilical, el cable que le sujeta al exterior.
El esfuerzo físico bajo el casco
Pese a que este tipo de trabajos parece el más penoso por las condiciones y el entorno, el más duro físicamente para Ramón es el de la limpieza de cascos. «Se trabaja con máquinas que hay que ir empujando y maniobrando, y dependiendo de la suciedad, el esfuerzo es grande». Además, «se hace dentro del agua sin apoyo en las piernas y sin un sitio donde agarrarte para empujar», explica.
Asimismo, mientras está puliendo la base los barcos, no solo debe mover los brazos, sino todo el cuerpo y «llevas todo el peso en la espalda y en la cabeza». El equipo que lleva cuando se sumerge bajo el mar pesa entre 20 y 25 kilos y difiere del que se usa en el buceo deportivo en el uso de una escafandra en la que se conecta el regulador.
Ese sobreesfuerzo hace que gaste más aire y consuma mucha más energía. Aun así, le gusta y reconoce que gracias a estos encargos los buzos tienen trabajo constante «durante toda la vida y es el grueso del trabajo, lo que nos da estabilidad y economía».
El traje que se utiliza para las depuradoras son diferentes. «Son equipos preparados para que no entre absolutamente nada, trajes más sueltos, totalmente herméticos, con casco, guantes y protección completa para que no pueda entrar ningún tipo de contaminación».
Una profesión con futuro en el Puerto de Las Palmas
Cuando no tienen inmersiones programadas, realizan el mantenimiento de los equipos y máquinas, y fabrican y adaptan su propio material de trabajo, lo que hace de ellos unos profesionales polivalentes.
Ramón anima a quienes dispongan del título de buzo profesional o que busca una salida profesional, que «si le gusta el agua y trabajar, si quiere superarse y ganar relativamente bien, que venga y que pruebe». Por su experiencia, cree que no se arrepentirían, pero si lo hacen «esta experiencia no se la va a quitar nadie».
El posicionamiento del Puerto de Las Palmas como referente del sector de las reparaciones navales es una garantía de estabilidad laboral. «Es una profesión con mucho futuro; un buzo profesional no suele estar en el paro y económicamente se puede vivir bastante bien», confiesa este hombre rana.
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