La poderosa simbología de las flores ha llevado a su apropiación por diversas naciones. El cardo es de los escoceses, al igual que el tulipán sublimó el orgullo de los neerlandeses. La flor del cerezo casi es sacra en Japón; mientras que la flor de lis, junto con la advocación mariana, destila la esquizofrenia francesa: el tuétano republicano sin renunciar al boato absolutista de Versalles.
Para nuestra ciudad, el azahar ganaría por goleada en tanto chambelán del furor de la primavera, aunque es cierto que ese cítrico sahumerio de cuaresma tiene muchos novios. Aparte de la hegemonía de los geranios en los maceteros, pensemos en el jazmín. El jazmín es el clorofílico cortinaje de los patios y el sabio administrador de los bochornos veraniegos, ahora que en Europa no venden su reino por un caballo, sino por un ventilador. Un rasgo común de la cuenca sur mediterránea, pues en Túnez los hombres se colocan una ramita de jazmín en su oreja izquierda para delatar su soltería. Y aquí volvemos a competir con la lexicología de los malagueños, ya no para distinguir el salmorejo de la porra antequerana, sino para diferenciar la biznaga de las moñas de jazmín, cuya esencia es la misma: insertar estas minúsculas flores como talismanes frente a la picadura de los mosquitos.
Es muy difícil disociar nuestros cines de verano de sus arquerías de jazmín. Habrá cambiado mucho aquella primitiva sillería de enea o la carta del ambigú, pero el jazmín es el hilo conductor entre aquel maravilloso escapismo frente a las dentelladas de la posguerra, y esta suerte de abulia heroica en el que transita el porvenir de una de las quintaesencias de nuestro ocio veraniego. Martín Cañuelo ya está en el santoral de nuestros particulares Cinemas Paradiso, pero ahora estamos en la encrucijada de que no se extinga esa liturgia de albero regado, altramuces y salamanquesas que zigzaguean en la cal, mientras una estrella fugaz desborda la magia de la pantalla.
El Ayuntamiento ha planteado el órdago de la expropiación como última bala para que no se pierda este patrimonio inmaterial de los cordobeses. Pero también ha dejado claro que su explotación queda fuera de las competencias municipales al conculcar las reglas de mercado y libre competencia. Hay concentraciones de protesta en tres de los cines de verano con futuro más incierto -el Coliseo navega solo y audaz en nuestras estivales noches-. Pero estas justas vindicaciones no pueden convertirse en lapidaciones de Jerónimo penitente. El cine es un negocio, y es necesario que sea atrayente la cartelera y que la abulia no deje durante la proyección tantas sillas vacías. Fascina que ese mismo jazmín de los cines de verano viera a Gilda desenfundarse sus larguísimos guantes.
*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor











