En paralelo a los desmadres de nuestros gobernantes y las hazañas de nuestras selecciones en el Mundial, hay otro tema en tendencia: nuestras uñas. Desde The New York Times («¿Cuándo las uñas sin esmalte se convirtieron en un símbolo de estatus?»), a Marie Claire («Las uñas al natural son el nuevo símbolo de lujo silencioso y sofisticación») o El País («La no-manicura y su reverso clasista: cómo las uñas naturales pueden ser propaganda neoliberal»).
Y aunque en general, las tendencias en moda me la traen flojísima y solo celebro aquellas que, rara vez, nos devuelven a la normalidad, esta trae entrelíneas red flags más gordas que cuando en una cita de First Dates se sienta uno «ni machista ni feminista».
Habrán observado que, más allá de la «propaganda neoliberal», el cebo es «símbolo de estatus, lujo y sofisticación» -alerta espóiler: No: llevar las uñas sin pintar no te hará pasar por rico-. Estos artículos no crean esa idea: reproducen el discurso de un número creciente de influencers que anuncian que han dejado de hacerse la manicura. No porque quieran cuidar la salud de sus uñas o reducir el impacto ambiental de los esmaltes, sino porque —dicen— están demasiado ocupadas para perder una hora en el salón.
Así, la nueva tendencia -mejor dicho, influencia- nos habla de una no-manicura o unas uñas en colores naturales o rosa empolvado, cortas, discretas y con un acabado natural, conocidas no en vano como «manicura invisible” o “uñas de princesa».
Aunque -volviendo a las red flags en estos tiempos que corren-, uno ha de estar alerta cada vez que se anuncia el resurgimiento del conservadurismo en la moda, especialmente me chirría -como unas uñas en una pizarra-, el tufo clasista, tan bien encajado en el doble salto de tirabuzón de lo que aparenta ser, precisamente, una tendencia en la que cabemos todos. A fin de cuentas, si todos tenemos uñas de manera natural, ¿quién no querría ahorrarse el tiempo, el trabajo y el dinero?
Pero es que la decoración de uñas va ligada a símbolo de riqueza y poder desde sus orígenes. Los hallazgos más antiguos de esmaltes datan del año 5000 a. C. en el antiguo Egipto. Cuanto más oscuro y brillante era el rojo, más alta era la posición social de la persona. En China, alrededor del año 3000 a. C., los ricos se dejaban crecer las uñas y las adornaban con joyas. El primer salón de manicura no llegó hasta 1870, en París, donde los pudientes hombres y mujeres de la época se daban aceites y polvos en unas uñas en forma puntiaguda. Durante siglos, unas uñas cuidadas demostraban que su propietario no necesitaba ganarse la vida con las manos.
Los salones de manicura no se extendieron hasta acabada la guerra de Vietnam. Fue con la llegada de inmigrantes asiáticos -especialmente vietnamitas- desde los años 70. Al verse excluidos de los empleos estadounidenses tradicionales, optaron por emprender negocios, algunos innovadores como «salones de manicura». La manicura dejó de ser un privilegio reservado a una minoría blanca y acomodada para ponerse al alcance de comunidades inmigrantes y, desde ellas, extenderse al resto de la sociedad.
Y como ya mencioné en un artículo anterior (‘Pedro número 5’) «Hay ricos que lo quieren todo; hasta la pobreza», a colación de que Balenciaga vende la estética de la pobreza. No la pobreza, sino la posibilidad de jugar sin sufrir ninguna de sus consecuencias.
El fenómeno no es nuevo. Thorstein Veblen lo llamó consumo conspicuo: prácticas cuyo único sentido era demostrar que uno no necesitaba trabajar. Décadas después, Pierre Bourdieu explicaría cómo las élites cambian continuamente los códigos del gusto para mantener la distancia social.
Las uñas largas, ayer; la no manicura, hoy. Un lujo contemporáneo que ya no pretende parecer ocioso, sino extraordinariamente ocupado. Tanto, que no tiene tiempo y tú sí. Y exhibe su vida llena en redes sociales con un maquillaje no-maquillaje, el cabello secado al aire y la sudadera destrozada Balenciaga. Como si su belleza fueran fruto de la espontaneidad y naturalidad, cuando lo paradójico es que exigen muchísimo tiempo y trabajo.
Una uña «natural» suele implicar salud, buena alimentación, hidratación y tratamientos reparadores. En muchos casos, largas manicuras profesionales que precisamente buscan que parezca que no se ha hecho nada. Y, sobre todo, implica que esas agendas tan llenas no incluyen pasar guardias de 24 horas dentro de unos guantes de látex, doce horas agachada recogiendo fruta o frotando baños con lejía.
Porque la verdadera moda nunca fue llevar las uñas pintadas sino mostrar que no han trabajado. Y una moda «exclusiva» será moda, seguro… pero no es belleza.
«Y ahora que se cae el muro ya no somos tan iguales, tanto vendes, tanto vales, ¡viva la revolución!
Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo. Ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada… la belleza.
La belleza, la belleza, la belleza, la belleza».
Luis Eduardo Aute.
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