España encadena cifras que, vistas desde arriba, dibujan uno de los ciclos más sólidos de Europa occidental. El Gobierno acaba de elevar cuatro décimas su previsión de crecimiento para 2026, hasta el 2,6%, y una décima la de 2027, hasta el 2,2%, en el cuadro macroeconómico previo a la presentación de los nuevos Presupuestos Generales del Estado. En la misma métrica —PIB real anual previsto para 2026— la Comisión Europea se queda en el 2,4%, el Banco de España en el 2,3%, y AIReF, Funcas y la OCDE convergen en el 2,2%. El FMI, el organismo más prudente, sitúa el avance en el 2,1%. La horquilla es estrecha, apenas cinco décimas entre el escenario más optimista y el más cauteloso, y todos coinciden en la idea central: España sigue creciendo más que sus grandes socios europeos desde 2022.
La paradoja es que esa bonanza no se percibe con la misma nitidez en la calle. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de junio, solo el 35,7% de los ciudadanos califica la situación económica general de España como buena o muy buena, frente al 56,6% que la ve mala o muy mala. La vivienda aparece como el primer problema nacional y, por detrás, la crisis y los problemas de índole económica son el segundo gran foco de preocupación. En el plano personal, los problemas económicos son los que más afectan directamente a los hogares, por encima incluso de la vivienda, según el último barómetro.
«Hay transferencia del crecimiento macroeconómico a los hogares, pero es incompleto, desigual y más lento de lo que sugieren las cifras agregadas de PIB. La economía española ha crecido con fuerza, el empleo ha seguido aumentando y la renta disponible de los hogares ha mejorado, pero el bienestar percibido depende de variables que no siempre se mueven igual que el PIB: renta real, coste de la vivienda, inflación acumulada, productividad, horas trabajadas y distribución por hogares», explica Rafael Doménech, responsable de análisis económico de BBVA Research y catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad de Valencia.
Ahí está el diferencial entre la macro y la micro. La economía agregada va deprisa, pero el bienestar cotidiano avanza con más fricciones. Desde el fin de la pandemia, la renta real disponible de los hogares españoles ha aumentado un 8,3%, más del doble que en Francia, el triple que en Italia y diez veces más que en Alemania. Incluso en el último año creció casi el doble que la media de la OCDE. Pero el dato de nivel matiza el relato: en renta disponible real per cápita, España se situó en 26.999 en 2024, por debajo de Italia (28.646), Francia (32.371) y Alemania (37.098). Es decir, España crece más rápido, pero aún lo hace desde un escalón inferior.
Aumento de población y exportaciones de servicios
También importa la composición del crecimiento. Una parte del avance del PIB procede del aumento de población, que sostiene el empleo, el consumo y la demanda interna. Eso mejora las cifras agregadas, pero no siempre se traduce con la misma intensidad en renta individual. El ciudadano no percibe el PIB total, sino su salario, su alquiler, la hipoteca, la compra semanal y el margen que queda a final de mes. Por eso un país puede acelerar en términos macroeconómicos y, al mismo tiempo, mantener una sensación social de estrechez.
La explicación del buen ciclo combina varios motores. Las exportaciones de servicios no turísticos han ganado peso; la energía, más barata que la media europea gracias al despliegue renovable, está atrayendo inversión electrointensiva; y la productividad empieza a acompañar al crecimiento, algo que no siempre ocurrió en ciclos anteriores. Las inversiones anunciadas por grupos como la china SAIC en Galicia, Microsoft y Amazon en Aragón, Chery en Cataluña o Volkswagen en la ComunidadF Valenciana encajan en esa nueva geografía industrial y energética.
José Ramón Iturriaga, socio y gestor de renta variable de Abante, cree que el consenso económico ha infravalorado la transformación de fondo de España desde la crisis de 2008. A su juicio, el cambio más relevante está en el sector exterior: una economía que antes crecía con desequilibrios ahora lo hace con superávit por cuenta corriente y con una aportación creciente de los servicios no turísticos. También subraya el saneamiento del sistema financiero, el atractivo de España tras el covid —turismo, seguridad, infraestructuras y calidad de vida— y la ventaja energética. Con esos factores, sostiene, el país podría estar ante “el mejor ciclo económico de los últimos 50 años”, siempre que se acompañe de una política fiscal prudente.
La inflación y la vivienda, un lastre
Pero el superciclo tiene fugas cuando baja al presupuesto familiar. Santiago Carbó, catedrático de CUNEF Universidad, resume el punto crítico: “Algo sí llega a los hogares, aunque de forma incompleta y desigual”. Hay más empleo, salarios más altos y más renta disponible, lo que explica que el consumo aguante. Sin embargo, el traslado “no es pleno, ni de lejos”, porque una parte de la mejora la absorben la inflación, la vivienda, las cargas fiscales y las diferencias territoriales y generacionales.
La inflación acumulada desde el final de la pandemia alcanza un 22,4%, según Eurostat. Porque pese a que la tasa interanual se modere, los precios no regresan al punto de partida. Para muchos hogares, la comparación no es con el dato estadístico del último mes, sino con lo que costaba llenar la cesta de la compra, pagar una factura o salir a cenar antes del shock inflacionista. A ello se suma que los promedios esconden realidades muy distintas: propietarios con vivienda pagada, jóvenes que no pueden emanciparse, inquilinos expuestos a subidas de alquiler o familias que viven en territorios donde la inversión y los salarios no avanzan al mismo ritmo.
La vivienda es hoy el gran impuesto invisible sobre la percepción económica con una subida acumulada media en los últimos cinco años del 46,5%. Un hogar puede tener más renta real que hace tres años y, al mismo tiempo, sentirse más ahogado si el alquiler, la hipoteca o la entrada para comprar absorben una parte creciente de sus ingresos. La estadística registra mejora; la cuenta corriente mensual registra estrechez. Por eso la misión política formulada por el vicepresidente y ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo —“que la macro llegue a lo micro”— se ha convertido en el principal test del ciclo.
España corre más que Europa, pero muchos hogares siguen mirando la carrera desde una cuesta arriba. La macro dice que el país ha cambiado de marcha. La micro pregunta cuánto de esa velocidad queda después de pagar la casa.
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