Créanme, tengo un acusado sentimiento de piedad hacia el juez Peinado.
Toda la insatisfacción popular, toda la indignación patria se está cebando con él.
¿Y qué ha hecho el denigrado juez para merecer tan lapidaria consideración?
Pues, verán. Haber interiorizado el estado febril en que ha devenido la enloquecida convivencia social y política en España. Una situación que agobia, que angustia, que impele a quien se ve atrapado en ella a reaccionar. A «hacer».
Y ahí estuvo el humilde juez Peinado. Un juez sin pedigree. Procedente del tercer turno. Sin lustre alguno. Pero poseído de la íntima convicción de ser el elegido para encabezar la acción que la sociedad necesita y que nadie tiene el arrojo de acometer.
Peinado es el ferviente y leal integrante de la comunidad que no necesita indicación ni orden alguna. Cierra los ojos y se lanza a la obra redentora. Le cueste lo que le cueste. Y lo hace llevándose lo que se le ponga por delante: las convenciones, las formas, el protocolo procesal y la sintaxis.
Y apuntando a lo más alto. A la mujer del presidente del poder de enfrente. Pero sin resistirse a sentar ante él con cualquier excusa al mismo presidente. Y a sus ministros. Eso sí, encima de una tarima infinita que deje sentado la altura que merece su posición frente a la miseria que constituyen sus argumentos.
El sufrido juez Peinado no sólo es objeto de desconsideración en la mayoría de la opinión pública. Tengo la íntima convicción de que esa desconsideración es mayor entre algunas instancias de la propia Justicia. Diríase que desconsideración respecto de las poco sutiles formas, aunque comodidad respecto del empeño.
¿Qué ha ocurrido para que esto sea así?
El marco es necesario para entenderlo.
Asfixia. Ésa es la estrategia de la derecha cuando pierde el poder. Convertir la convivencia social y la conversación política en irrespirables. Así fue, hasta ahora. Pero todo ha ido in crescendo hasta el paroxismo con el concurso de la ultraderecha y sus asociaciones disparando enloquecidamente denuncias a ver cuál cuaja.
La insoportable e imperdonable aparición de graves casos de corrupción en el PSOE ha completado el paisaje y actuado de catalizadora en esta ocasión.
Pero un elemento nuevo caracteriza la actual situación: la concurrencia del Poder Judicial. Pendiente de transformación desde la Transición. De profunda raigambre conservadora. A nadie se le ocultan los conflictos habidos en los últimos años de la cúpula de la Judicatura con el Ejecutivo por razones operativas y corporativas.
La irrupción del protagonismo del poder judicial en el panorama político ha atiborrado el ya áspero paisaje de la polarización de condenas incomprensibles al Fiscal General, procedimientos dudosos como el del hermano del presidente, ritmos procesales que producen perplejidad. Tempestad de pruebas, indicios, sentencias, intensidades en las penas, medidas cautelares, plazos, filtraciones, recursos… todo un arsenal de artillería judicial que ha pasado a formar parte del debate público. Un torbellino incomprensible sin el arrebatado contexto de la lucha política. Estas instancias, a pesar de producir procesos y sentencias incomprensibles, incluso manifiestamente injustos para muchos, sin embargo, pertenecen a la cúspide de la Justicia. Y están adornadas por un cierto boato formal y argumental de los que carece el humilde Peinado. Son instancias donde, en pura filosofía del derecho penal, se puede producir la resolución más injusta con la argumentación más legal. La ISO 9001 de la Administración de Justicia. La excelencia de las salas del crimen.
Peinado, sin embargo, es la versión chusca. Pero es muy difícil, en el ámbito de la Judicatura, encontrar a alguien que enmiende a la totalidad el caso que, según muchísimos juristas, nunca debió existir. Interesa el caso Begoña, incomoda el caso Peinado. Incluso, la Audiencia Provincial en sus reconvenciones a la instrucción del juez da pábulo a que muchos se pregunten si constituían una reprimenda o un blanqueamiento.
Incomodan las formas, la hosquedad con que se produce el aguerrido juez. Se critican sus salidas de tono, sus incómodas pasadas de frenada. Empañan la tarea.
Una tarea que se apresta a avanzar. Para ello, se provee de un mecanismo de crecimiento: la colaboración con la Justicia, figura prevista en la legislación.
Sin embargo, el colaborador emergente, Víctor Aldama, ha resultado desarrollar un proselitismo alborotador y revoltoso. Campeón de la delación. Mesías del chivatazo. Prescriptor del soplo. Delincuente remunerado hasta lo sonrojante. Corruptor acaudillando movilizaciones contra la corrupción, pertrechado por un desokupa ultra. Predicando la lucrativa y buenísima «nueva» desde la salida misma del Supremo.
Aldama es la versión cutre del cooperador. El «Peinado» de la colaboración.
Y como en tantas otras ocasiones, la ansiedad incontrolada acaba volviéndose en contra de la causa a la que se supone ha de servir.
¿Era éste el mensaje del Tribunal de la excelencia?
El poder judicial aparece ante la opinión pública con una clara aspiración de hegemonía en el equilibrio de poderes del estado. Esto tiene consecuencias. Es muy difícil encontrar un momento en que el Poder Judicial haya llegado a un mayor desprestigio desde los tiempos del TOP.
La estrategia obcecada de la derecha de implicar a los tribunales en su derrocamiento del poder, ha tensionado sobremanera la convivencia y el sistema. Una estrategia que implica a las instituciones contra las instituciones con un inevitable resultado de deterioro institucional.
Un paisaje que pinta nubarrones. A la derecha le cabe la culpa de hacer irrespirable la convivencia. Al PSOE la culpa de haber caído de bruces en la corrupción en algunos de sus principales cuadros, sumiendo a sus electores en la más profunda frustración.
Al desempeño sorprendente de instancias del poder judicial le cabe, simplemente, la presunción de inocencia.
*Licenciado en Historia













