En abril de 1890, Emilia Pardo Bazán escribe desde su ciudad natal una carta desolada a Galdós: “Ratonciño mío: Ya estoy algo mejor, aunque no enteramente bien (…) Quiero no volver más a este rincón y quiero, cuando nos sea posible, llevarme a mi pobre padre a Meirás, donde descanse yo a su lado cuando me toque la de vámonos”.
Hacía poco que había muerto en su casa de la calle Tabernas don José Pardo Bazán, al que la escritora veneraba como “un hombre ilustrado, que tiene aficiones de político, jurisconsulto y agrónomo”. Tras ser enterrado en el cementerio coruñés de San Amaro, quince años más tarde se cumpliría el deseo de su hija. Concluida en 1904 la construcción de las Torres de Meirás sus restos descansarían definitivamente en su capilla.
Después de ser botín de guerra cuando la francesada, y tras un complicado pleito sucesorio, el abuelo de la escritora se alzó con la propiedad de Meirás. Allí se casó doña Emilia y lo convirtió luego en “el lugar donde siento más de continuo la ligera fiebre que acompaña a la creación artística” según sus “Apuntes autobiográficos”. Su transformación en las Torres de Meirás fue su empeño personal de lo que se jactaba con Emilio Ferrari: “Tenemos obra abierta, sin más arquitecto ni más dibujante que yo”. Pero amén del diseño de la fábrica, la novelista tenía en mente antecedentes de abolengo.
Por ejemplo, la granja escocesa de Cartleyhole que Sir Walter Scott transformó en Abbotsford. Y la francofilia apunta hacia la mansión de La Vallée-aux-Loups que René de Chateubriand construyó también a su imagen, y la casa de Médan, adquirida por Émile Zola en 1878 y adornada con dos torres donde instaló su gabinete.
En Meirás, Pardo Bazán no solo escribió la mayoría de sus páginas, sino que también cultivó, como en su salón madrileño, la relación con literatos, desde José Zorrilla hasta Miguel de Unamuno, que leyó allí a Rosalía de Castro durante unos “días de regalo espiritual” en que “mi buena amiga doña Emilia” lo rodeó “de cultura y de tolerancia”. La anfitriona novelizó aquel recinto en La Quimera, transmutándolo en el Pazo de Alborada, uno de cuyos personajes, Silvio Lago, es trasunto del pintor Joaquín Vaamonde fallecido allí. Precisamente doña Emilia reservó para sí la “Torre de la Quimera”, el espacio privilegiado de su obrador y biblioteca.
El Tribunal Supremo, en sentencia de marzo pasado acaba de cerrar el contencioso iniciado en 2019 a demanda del Estado para que se declarada nula la donación en 1938 de la finca de Meirás al Generalísimo, así como también se anulase el fraudulento contrato de compraventa realizado en 1941. En la misma línea de la primera sentencia dictada por un Juzgado de A Coruña y su confirmación en 2021 por la Audiencia provincial, el Supremo dictaminó que el mal llamado Pazo de Meirás es propiedad del Estado Español por usucapión extraordinaria.
Todo el proceso ha estado acompañado de un trasfondo político que al que han contribuido argumentos tomados de las leyes de Memoria histórica y de Memoria democrática. Asociaciones cívicas y algunos partidos protestan ahora porque no se haya avanzado en cuanto a la gestión y usos públicos de Meirás, mediante a una “cesión modal” a la Xunta de Galicia incluso. Se postula que sea un monumento que visualice lo que significó una dictadura de casi cuarenta años. Cierto que Franco la utilizó como su residencia de verano junto con el donostiarra Palacio de Ayete, de donde Franco partió para su entrevista con Hitler en Hendaya.
Pero el propio alcalde de Sada, que gestiona por el momento el limitado acceso a las Torres, ha advertido ya que entre los visitantes se han multiplicado los nostálgicos del franquismo, quienes, secundados a veces por niños, ensalzan al Generalísimo y brazo en alto le dan “vivas”.
Cuarenta años de dictadura frente a más de un siglo de historia familiar y literaria. Cierto que no hay una Ley de Memoria Cultural, que bien nos vendría. Parece ser que se protesta porque no se puede acceder a “la biblioteca del dictador”. En todo caso, sería a la de la escritora, que sufrió un incendio pero que en parte considerable está en la Real Academia Gallega, heredera de la casa de la calle Tabernas. De Franco, en Meirás sí que sería visitable una cornamentateca, fruto de su dedicación y habilidad cinegéticas.
El Palacio del Pardo fue la residencia oficial de Francisco Franco desde 1939 hasta su fallecimiento. Convertido en el epicentro del régimen, aquel recinto que había comenzado su historia en el siglo XV como pabellón de caza real, fue testigo no solo de la cotidianidad del jefe del Estado sino también de su acción política. Pero después de 1975, el Palacio cerró este capítulo franquista para desempeñar funciones al servicio de la Corona y del Estado.
Sigue pendiente, demás, el cumplimiento de aquella última voluntad. La escritora falleció en 1921 y fue enterrada en el cementerio madrileño de San Lorenzo. Cierto que su familia no la atendió entonces, y muy pronto la historia se tiñó de tragedia. Tras el asesinato de su hijo Jaime y de su nieto en agosto de 1936, sus restos mortales así como los de doña Emilia fueron trasladados a la Basílica de la Concepción.
Tras la sentencia del Tribunal Supremo, considero obligado reiterar la misma demanda que ya hice hace cinco años. Hay recintos mucho más significativos como icono del dictador que su lugar de veraneo, cuando Meirás está inexcusablemente vinculado al legado de Emilia Pardo Bazán y merece un lugar preeminente en nuestra memoria histórica y cultural.












