El avance de la cuña salina, la entrada de vertidos contaminantes de origen urbano e industrial, con unos niveles de clorofila al alza en los últimos ocho años, se erigen a día de hoy en los grandes enemigos del lago de l’Albufera. En unas semanas se cumplirán cuatro décadas de su designación como parque natural por parte de la Generalitat sin haber alcanzado un completo sellado del humedal que impida la llegada de aguas residuales y pluviales. Así lo remarcaba en su último informe la comisión científica de la Junta Rectora, que subrayaba la necesidad de abordar un plan de saneamiento integral que permita recuperar el estado óptimo previo al desarrollismo de la década de los años setenta. El colector oeste y la activación de los diques de tormenta junto a la pista de Silla son infraestructuras fundamentales.
Los aportes de nitrógeno y fósforo, con concentraciones elevadas durante todo el año, provocan un exceso de clorofila, cuya proliferación impide la presencia de vegetación subacuática. Una situación que hace medio siglo casi llevó al colapso ambiental de l’Albufera, provocando una hipertrofia que aún hoy continua. Solo a partir de la protección del paraje por el Consell, en julio de 1986, y la puesta en marcha de planes de depuración de aguas residuales, empezó una lenta desescalada. Sin embargo, no sería hasta 2016 cuando una bajada significativa de nutrientes permitió la recuperación de especies vegetales no vistas desde 1940, como ‘brossars’, ‘asprellars’ o ‘barrellars’, conocidos científicamente como Myriophyllum, Potamogeton o Charas. Todas con una función esencial para la oxigenación y la biodiversidad del enclave.
La mejoría se mantuvo hasta 2019 pero a partir de entonces volvió a detectarse un nuevo y peligroso incremento de la clorofila. En sistemas acuáticos someros como es l’Albufera, la claridad del agua es fundamental pues permite el paso de la luz, el crecimiento de macrófitos y por tanto el desarrollo de gambetes, larvas de insectos y peces. La transparencia es reducida durante todo el año, especialmente en verano, sin llegar a alcanzar valores compatibles con aguas claras, como señala la Memoria de Gestión del Parque Natural. Las mediciones con un Disco de Sacchi confirman que el máximo de profundidad que puede verse en febrero, al final de la perellonà, es de 28 centímetros. En julio, mientras, se detecta un mínimo de 12 centímetros.
Las conclusiones del documento hecho público en la última Junta Rectora no dejan lugar a la duda, al señalar que la laguna «permanece bloqueada, en un estado alternativo hiperutrófico por lo que el estado ecológico global en 2025 se clasifica como malo».
En general, las concentraciones de nitratos más elevadas se han detectado en las acequias del sur y especialmente las del oeste (Font de Mariano y Barranc de Beniparrell). En el caso del amonio, indicador de aguas residuales, destaca por encima del resto la acequia del Port de Catarroja debido a incidencias en el sistema de colectores posdana. Se aprecia una subida similar en otros puntos del noroeste como Albal o Beniparrell.
Acciones conjuntas
Carles Sanchis Ibor, presidente de la Junta Rectora, ya se mostraba taxativo en la última reunión, hace solo un par de semanas, al reclamar un calendario de acciones conjuntas y concretas en el que se impliquen las tres administraciones competentes en l’Albufera: Ayuntamiento de València, Generalitat Valenciana y Confederación Hidrográfica del Júcar. «Es insostenible que sigan llegando vertidos de aguas residuales al lago», apuntaba entonces, dando voz al sentir unánime del órgano rector del parque natural, que reúne a colectivos ambientalistas, agricultores, pescadores, universidades y entidades locales, entre otros actores implicados en los usos y gestión del humedal.
La tendencia de subida del nivel del mar, muy rápida con 3mm/año, es la otra gran amenaza de l’Albufera, que podría acelerarse en un futuro inmediato de continuar con los procesos de calentamiento global. La salinización se detecta especialmente en la zona norte, aunque el investigador Héctor Moreno (profesor del Departamento de Producción Vegetal de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica de la Universitat Politècnica) insistía hace años y ahora en la necesidad de una red de piezómetros potente y conectada en tiempo real que ofrezca datos para medir el avance de la cuña salina.
Si en la actualidad l’Albufera tiene una superficie por debajo del nivel del mar en torno a 5 km², con los escenarios analizados de aumento de la temperatura del planeta podría crecer hasta los 32 km² en el corto plazo y los 73 km² en el largo. Algo que pondría en peligro el acuífero de la Plana de Valencia, con todo lo que ello comporta no solo para el lago, sino para todas las actividades industriales, turísticas y agrícolas, como el cultivo del arroz, que hay en su entorno, según advierten los científicos. De ahí la necesidad de abordar el balance de salinidad subterráneo y en superficie.
La Confederación Hidrográfica del Júcar, de hecho, tiene previsto impulsar un estudio integral de l’Albufera para conocer a fondo la relación entre el lago, las masas de agua subterráneas y la influencia marina en un contexto de crisis climática. «Se prestará especial atención a fenómenos como la intrusión salina y la evolución de la cuña salina», explican desde el organismo de cuenca. «Está previsto desarrollar diferentes modelos que permitan simular distintos escenarios y sirvan de apoyo para la toma de decisiones orientadas a su conservación y mejora », subrayan.
La necesidad de aportaciones hídricas, en cantidad y calidad, continúa siendo una premisa básica para la preservación de un paraje en permanente equilibrio, aunque de enorme resiliencia como se demostró en la dana.
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