León XIV aterriza esta semana en España con una agenda pastoral, social y cultural, pero de inevitable lectura política. El papa intervendrá el 8 de junio ante los parlamentarios -diputados y senadores- en el Congreso, pasará después por Barcelona -donde prevé un encuentro con el president Salvador Illa- y cerrará el viaje en Canarias, acompñado por Pedro Sánchez, en un encuentro con personas migrantes y entidades de acogida.
El Ejecutivo aspira a extraer de esa visita una imagen de sintonía entre su postura sobre la inmigración y la del papa, defensor de los derechos humanos, partidario de la paz y crítico con el discurso antiinmigración de Donald Trump. Son tres ejes que vertebran el posicionamiento de Sánchez y del pontífice, y de los que muchos esperan un guiño político. «En un mundo tan polarizado, todo se lee como un mensaje político, también lo que pueda decir el papa; cualquier cosa se podrá interpretar como un apoyo internacional a Sánchez«, resume Marc Sanjaume, profesor de Política de la Universitat Pompeu Fabra (UPF).
En un mundo tan polarizado, cualquier cosa que diga el Papa se podrá interpretar como un apoyo internacional a Sánchez
«La visita al Congreso tiene un elemento clave: se espera que el papa hable de multilateralidad, de atención a los más necesitados o de paz, un discurso que se alinea ahora mismo con la agenda del Gobierno. Hay una evidente confluencia de la que ambos se benefician», apunta Diego Sola Garcia, historiador de la Universitat de Barcelona (UB) y autor del libro ‘Historia de los papas’. El experto recuerda que la Santa Sede «no se quiere casar políticamente con ningún color político», pero calcula cada movimiento y cada palabra para generar sus propias sinergias. En el contexto internacional actual, el viaje a España «no puede leerse como un simple gesto diplomático«.
Preocupación por la extrema derecha
Una de las principales banderas que se atribuyen a este papado es su posición crítica no solo con la política migratoria de Trump, sino también con el auge de la extrema derecha. Pero el papa como actor político no es algo nuevo, recuerdan los expertos. «Históricamente, el papado ha tenido un papel político muy importante, aunque su intensidad y forma han cambiado según la época», anota Camil Ungureanu, doctor de Filosofía Política y profesor de la UPF. Si el papa de la Edad Media tenía un poder más «directo y territorial» a través de los Estados Pontificios, el papado actual goza de una autoridad más «moral, diplomática y simbólica«, capaz de influir en gobiernos y opiniones públicas.
Como recuerda Sola, desde que en 1870 la Iglesia perdió el poder formal de los Estados Pontificios, el papado tuvo que convertir su fuerza institucional en una dimensión más «moral y religiosa». Desde entonces, su papel político se ha ejercido sobre todo desde el ‘soft power’: el peso global del catolicismo, la autoridad ética y la capacidad de intervenir en los grandes debates internacionales. En 1929, con los Pactos de Letrán, la Santa Sede recuperó soberanía territorial con la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano, pero mantuvo su apuesta por una influencia más diplomática, simbólica y moral.
La figura de Juan Pablo II
Los expertos consultados por EL PERIÓDICO coinciden en situar la figura de Juan Pablo II como el papa «más influyente» en la política contemporánea. Su papado (1978-2005) estuvo marcado por el colapso del comunismo en Polonia, su país de origen, en plena Guerra Fría. «Como papa polaco, apoyó moralmente al movimiento sindical Solidaridad y contribuyó a fortalecer la oposición al régimen comunista en Polonia», recuerda Ungureanu, quien señala que muchos historiadores lo consideran uno de los factores -junto a los políticos, económicos y sociales- que ayudaron a debilitar el bloque soviético.
El Papa Juan Pablo II en el Camp Nou, en 1982 / EPC
Sola también habla del papel que jugó Juan Pablo II ante las guerras de Irak. El pontífice mantuvo una posición crítica frente al recurso a la fuerza y chocó políticamente con las administraciones de los Bush: primero con George H.W. Bush durante la Guerra del Golfo de 1990-1991, y más tarde con George W. Bush ante la invasión de Irak en 2003. En ambos casos, defendió la vía diplomática y advirtió de las consecuencias humanitarias y geopolíticas de una intervención militar. Incluso envió cartas a George Bush y a Saddam Hussein el 15 de enero de 1991 para que dejaran las armas.
«Es diferente y no se puede comparar con Trump, porque el talante de estos presidentes es distinto, pero el papa tiene un papel importante ante las guerras», apunta el experto de la UB. Dos motivos explican esa importancia. El primero es que el jefe de la Iglesia católica es un «referente mundial» y respetado. «La falta de referentes claros, con un orden internacional erosionado, hace que el papado tenga una ventana de oportunidad que ha sabido leer bien para dar más importancia a las declaraciones de paz o entrar al cuerpo a cuerpo con el presidente estadounidense», anota Sanjaume.
La Santa Sede no está a merced de los vaivenes de la geopolítica a diferencia de muchos dirigentes internacionales que mantienen un discurso ambiguo con Trump por miedo, por ejemplo, a la guerra arancelaria
Un altavoz más protegido
El segundo motivo es que, a diferencia de otros jefes de Estado, los pronunciamientos de la Iglesia gozan de una cierta «protección». «La Santa Sede no está a merced de los vaivenes de la geopolítica a diferencia de muchos dirigentes internacionales que mantienen un discurso ambiguo con Trump por miedo, por ejemplo, a la guerra arancelaria», explica Sola. A pesar de ello, representar a la institución católica obliga a medir cada palabra. «Sus declaraciones deben estar filtradas para no pisar muchas minas«, desliza el historiador.
Ahí reside, según Ungureanu, una de las singularidades del pontífice frente a otros líderes internacionales. «La influencia del papa cuando se pronuncia sobre guerras, migración, pobreza o medio ambiente suele derivar más de su autoridad moral y simbólica -es decir, de su capacidad para persuadir a gobiernos, organizaciones y opinión pública- que de un poder económico, militar o coercitivo», argumenta el doctor en Filosofía Política.
La influencia del Papa suele derivar más de su autoridad moral y simbólica, es decir, su capacidad de persuadir a gobiernos, organizaciones y opinión pública, que de poder económico, militar o coercitivo
Esa autoridad moral explica que sus mensajes sobre estas cuestiones puedan leerse como intervenciones políticas, aunque nazcan de la doctrina social de la Iglesia. Para Sola, las cuestiones sociales forman parte de la misión pastoral del papado: Juan Pablo II abordó en su encíclica la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores; Benedicto XVI reflexionó sobre los límites del capitalismo; Francisco convirtió la crisis climática en una cuestión moral, y León XIV ha incorporado debates como la inteligencia artificial.
Estos nuevos frentes, que la Iglesia ha incorporado a su agenda, refuerzan su autoridad moral y amplían su margen de influencia internacional. Sanjaume cree que el paso del papa por Barcelona añade otra capa política al viaje: la capital catalana se ha consolidado como «plaza de conferencias y debates internacionales» y refuerza «la centralidad de Catalunya y Barcelona» en la estrategia exterior del Gobierno. Para Sánchez, golpeado por los casos de corrupción que cercan al Ejecutivo, la visita puede ser un «respiro político y una fotografía de proyección internacional» en plena tormenta.
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