Después de haber pasado momentos tormentosos durante su gestión, la primera de un presidente de izquierdas en Colombia, Gustavo Petro llega a los comicios de este domingo con una certeza: su Gobierno será también plebiscitado y, aunque él no compite en las urnas, puede traspasarle a Iván Cepeda, el candidato oficial, un caudal de votos significativo. «Petro humilló a Colombia. Ante esta situación no queda más que enfrentar las urnas con firmeza y determinación. El domingo próximo, el país debe leer adecuadamente el momento político», pidió el exfiscal Francisco Barbosa, como si el presidente fuera el postulante.
En las últimas semanas, ha intentado ponerlo en valor y el diario bogotano El Tiempo se ha quejado, a través de un editorial, del protagonismo del mandatario durante la campaña. La participación ha sido «evidente y desafiante» y, a todas luces, «inaceptable» por haber borrado «los límites que la Constitución y la ley le imponen a quien ocupa la jefatura del Estado». Petro había compartido en sus redes sociales videos del cierre de campaña del abanderado del Pacto Histórico, favorito en las encuestas previas a la contienda. «De pronto ganamos nosotros las elecciones», escribió, y ese texto en primera persona, ajeno a toda neutralidad, le abrió una investigación en la Cámara de Representantes por presunta intervención política. «Todo esto es muy grave», remarcó la publicación.
El trasfondo de la molestia de El Tiempo y otros medios parece, sin embargo, relacionarse con algo que hace un año no estaba en los cálculos de los analistas: el crecimiento de la popularidad del presidente, que en agosto se despedirá del poder. A fines de 2023, la figura de Petro era rechazada por el 66% de los entrevistados por la consultora Invamer. La misma firma detectó meses atrás que la popularidad del presidente es cercana al 50%, tres puntos más que el índice de desaprobación. Otras mediciones de Guarumo y EcoAnalítica ofrecen cifras relativamente similares. A partir de esta evidencia, Petro, contra lo que podía esperarse, no se ha convertido en un nombre que Cepeda debe evitar, sino todo lo contrario. El actual Gobierno, ha repetido el aspirante oficialista, es un punto de partida que permite seguir avanzando por la misma senda.
El cambio de la ponderación de Petro por parte de un sector de la sociedad obedece a algunas medidas, como el incremento del salario mínimo de un 23%, que lo ubica en casi 400 euros. Lo reciben 2,4 millones de ciudadanos. Colombia tuvo en 2025 una inflación del 5,68% anual. La economía creció un 2,2% y el paro se mantiene por debajo del 9%, el número más bajo desde que comenzó el siglo. Una reforma agraria promovida contra viento y marea entregó más de dos millones de hectáreas a comunidades rurales. Los buenos precios internacionales del café y el cacao favorecen esta conversión en el campo.
Al asumir la presidencia el exguerrillero, la pobreza era del 13% y en 2026 se ha reducido tres puntos: cerca de 1,6 millones de personas salieron de esa condición y 2,5 millones, de situaciones de hambre. La reforma laboral, cuestionada en su momento por las patronales, redujo la jornada de trabajo y elevó los recargos por horas extra. Queda como una asignatura pendiente reducir la informalidad en el mercado de trabajo: casi un 55% de los colombianos están fuera del circuito legal del empleo.
La oposición no ha dejado de sostener que estos logros que proclama la administración de izquierdas se sostienen sobre la base de una fuerte erogación por parte del Estado. El déficit fiscal es del 6,4% del PIB. Los candidatos de derecha Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, con chances desiguales de pasar al segundo turno, advierten que, de acceder al Palacio de Nariño, el ajuste será inevitable. Recuerdan, además, que el crecimiento del consumo no ha redundado en mayores inversiones.
El Gobierno reivindica otros hitos: una incautación récord de cocaína, cercana a las 3.410 toneladas, una reducción del 39% en la deforestación nacional y la cancelación total de una deuda de 5.400 millones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que había contraído su antecesor de derechas, Iván Duque.
Las asignaturas pendientes
Petro convirtió la transición energética en un eje de la política económica y ambiental de Colombia. Para el portal La Silla Vacía, se trató de «un cambio discursivo enorme frente a 2022», cuando ese tema era meramente técnico. Por el momento, la entrada de nuevas fuentes limpias no ha bajado los precios de la energía. Pero, en el camino, «se dio un histórico aumento de las energías solares que contrasta con el pobre avance de las eólicas». El presidente puso un decidido énfasis en la lucha contra el cambio climático y expresó su compromiso de reducir en un 51% los gases que causan el calentamiento global para 2030. Colombia fue el anfitrión de la primera conferencia internacional para dejar atrás los combustibles fósiles. La derecha ha avisado que, de ganar, erradicará esa orientación del Estado.
La violencia urbana y rural sigue siendo un lastre en Colombia. La anhelada «paz total» con los grupos armados de todo signo político no ha dado sus frutos. El sistema de salud no ha mejorado, y esos son puntos débiles de estos años que pueden restarle adhesiones a Cepeda. El candidato tuvo que prometer ser «implacable» con eventuales hechos de corrupción. Fue una manera sutil de tomar distancia de algunos incidentes que salpicaron al actual Gobierno. Petro puede, no obstante, jactarse de haber evitado para Colombia un escenario similar al de Venezuela después de la captura de Nicolás Maduro por parte de un comando especial norteamericano. Las relaciones llegaron a un punto extremo de tensión que le hizo temer lo peor al presidente. Su encuentro en febrero con Donald Trump en Washington permitió evitar el escenario tan temido y, además, la prescindencia del magnate republicano en las elecciones. La izquierda temía una intervención desembozada, como ocurrió en Honduras.
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