El PP es el único partido que no sospecha de la justicia

Uno. Árbitros

Todos los equipos de fútbol, sin excepción, se quejan de la parcialidad de los árbitros. Con los partidos políticos y la justicia sucede algo que parece casi lo mismo, pero en realidad es todo lo contrario: de la parcialidad de los jueces se quejan todos los partidos menos uno, todos menos el Partido Popular, cuyo perfil ideológico conservador coincide con el perfil igualmente conservador de la mayoría de los miembros de la judicatura. Tampoco ha salido nunca de Vox reproche alguno a la judicatura, pero a estos efectos cabe meter al partido de Abascal y al de Feijóo en un mismo saco conservador: a estos efectos, son dos en uno.

Dos. Sospechas

No quiere decirse que quepa sospechar en general de la actuación de los jueces, ya sea instruyendo causas, remitiendo autos o dictando sentencias, pero sí ha lugar a la sospecha cuando dirimen pleitos o asuntos de alto e inequívoco contenido político. En tales casos, la balanza de la justicia suele desequilibrarse, unas veces pudorosamente y otras sin pudor alguno. Lo saben bien el Fiscal General del Estado, los líderes independentistas catalanes amnistiados, la líder de Compromis Mónica Oltra, los diputados de Unidas Podemos Victoria Rosell y Alberto Rodríguez, la mujer y el hermano de Pedro Sánchez…

Tres. Juez no come juez

De la parcialidad de la justicia española se han quejado en un momento u otro los partidos Podemos, Sumar, PSOE, Junts, ERC, Bildu o Compromís. Nunca el PP. Bueno, nunca nunca, no. Una de las pocas veces que el PP ha arremetido ciega y airadamente contra un miembro de la judicatura fue con ocasión de la sentencia condenatoria del caso Gürtel que acabaría constándole el puesto a Mariano Rajoy. Para el PP, el juez ponente José Ricardo de Prada fue el culpable de la sentencia de la Audiencia Nacional que condenó al partido por financiación ilegal. “Mientras juzgaba Gürtel sufrí más ataques que en toda mi carrera», declaró De Prada. El otro caso de ataques combinados del PP y su artillería mediática fue el de la jueza María Núñez Bolaños, que sustituyó a Mercedes Alaya al frente del juzgado de los ERE: como discrepaba radicalmente de la interpretación que Alaya venía haciendo de las ayudas autonómicas a empresas en crisis, Bolaños fue objeto de una campaña de ataques que minó su salud y hasta obligó a salir en su defensa al mismísimo Consejo General del Poder Judicial, cuya divisa en materia disciplinaria imita, como se sabe, al conocido ‘perro no come perro’ de la tradición popular. ‘Juez no come juez’, parecen decirse a sí mismos los titulares del órgano de gobierno de la judicatura cada vez que llegan a la mesa de su comisión disciplinaria quejas sobre la actuación sospechosa o torcida de un juez.

Cuatro. ¿Lawfare?

Alarmados por el cerco judicial al que se están viendo sometidos, los socialistas se han subido ahora al carro del lawfare en el que tantas veces han viajado con comodidad otros partidos, singularmente Podemos y los independentistas catalanes. Se equivoca Ferraz yendo por ese camino, salvo que tenga pruebas sólidas para hacerlo. La hipótesis del lawfare es políticamente atractiva y orgánicamente muy oportuna, pero institucionalmente letal. Y bastante inverosímil: es difícil creer en una sincronización deliberada de policías, jueces, juzgados y tribunales que nada tienen que ver entre sí para agendar sigilosamente registros, informes, instrucciones, autos, juicios y hasta sentencias con objeto de concentrarlos y hacerlos coincidir justo con el momento de mayor debilidad política del Gobierno de Pedro Sánchez. Sería necesario un genio de la conspiración y dotado de poderes suprajudiciales para hacer posible la coincidencia temporal de: los juicios al hermano y la mujer del presidente, el encarcelamiento del exministro Ábalos y el ex número dos Cerdán, la causa contra Zapatero y la recién abierta contra Leire Díez, y todo ello para poner sordina al juicio de la operación Kitchen contra un ministro y otros altos cargos de un Gobierno del PP. ¿Entonces todas esas coincidencias son casualidad?, clama el militante airado. Seguramente. Lo que no es casual ni inverosímil es el clima paranoicamente antigubernamental que respiran las derechas españolas desde 2018 y, sobre todo, desde 2023, unas derechas entre las cuales cabe incluir, con todos sus matices, a la judicatura.

Cinco. Ser y parecer

Zapatero tal vez sea inocente, pero no lo parece. Leire Díaz tal vez sea inocente, pero no lo parece. Begoña Gómez y David Sánchez, en cambio, seguramente son inocentes aunque a ciertos jueces no se lo parezcan. Y lo mismo cabe decir de la propia justicia: tal vez sea imparcial pero algunas veces ni lo parece ni se toma molestia alguna en parecerlo. La condena al Fiscal General del Estado es difícil considerarla justa; la negativa del Supremo a aplicar la ley de amnistía es difícil considerarla imparcial. La persecución judicial a Begoña Gómez y David Sánchez no parece muy imparcial.

Seis. El chiste

Apariencias y realidades se solapan hasta un punto que hace difícil diferenciarlas. Descartando que lo sea de una conspiración, ¿es Zapatero víctima de las apariencias? ¿Lo son los jueces del Supremo que condenaron al Fiscal General? A primera vista, el expresidente parece culpable; a primera vista, los jueces que condenaron a Álvaro García parecen parciales. Tal vez les esté ocurriendo al uno y a los otros lo que al pobre granjero del chiste: el hombre estaba ordeñando una vaca y, como el animal no paraba de mover el rabo y volcar el cubo, el granjero decidió quitarse el cinturón y atarle con él el rabo a una viga del establo para seguir ordeñándola, pero con la mala fortuna de que entonces se le cayeron los pantalones. Y fue justo en ese momento cuando entró su mujer: ”¿Pero qué haces?”, le preguntó alarmada, a lo que el pobre marido contestó: “Pues dándole por el culo a la vaca, porque si te digo la verdad no te lo vas a creer”.

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