Los militantes socialistas llevan días aguantando la respiración a la espera de las explicaciones que ofrezca el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando comparezca ante el juez. Aunque una mayoría cierre filas ante lo que el partido califica como una ofensiva judicial, en sus retinas hay imágenes difíciles de encajar como las de la joyas que guardaba en la caja fuerte de su despacho. El impacto emocional y político de la investigación sobre Zapatero en la militancia no es comparable al que provocó el procesamiento de José Luis Ábalos y Santos Cerdán, cargos orgánicos con vínculo de dependencia con los cuadros, pero alejados de la militancia y de los votantes. Aquellos casos pueden provocar repugnancia, pero no desapego ni desánimo. Con todo, el estado actual del PSOE es preocupante para la salud democrática en España.
Los cuadros del partido están asustados por el impacto de esta ristra de escándalos en los resultados electorales y, por lo tanto, en su porvenir profesional. Pero la militancia de base y los votantes menos ideologizados se mueven entre la voluntad de cerrar filas contra esa supuesta trama judicial, cosa que sería electoralmente positiva, y la decepción para con el líder que en el año 2017 les alejó del que entonces parecía un inevitable sorpaso de Podemos como ha pasado en muchos países europeos. Pedro Sánchez ha tenido hasta ahora un apoyo incondicional de las bases de su partido y una sumisión acrítica de los cuadros territoriales porque le consideraban un talismán electoral imbatible. Pero ahora, aparte del asedio judicial, acumula dos ciclos de derrotas autonómicas que resultan una losa en este momento de desánimo.
La falta de reacción del PSOE no es una buena noticia para la democracia. La nueva política se forjó basándose en hiperliderazgos casi cesaristas. Sánchez ha impuesto esa lógica en un partido con más de 140 años de historia y con decenas de miles de militantes repartidos por todo el país. Ahora, sus dos últimos secretarios de organización, capataces de ese liderazgo, rinden cuentas ante la justicia. Su entorno familiar también, posiblemente en estos casos con algo de exageración cuestionable. Pero ahora también está en entredicho su principal aval en la familia socialista. Zapatero no es Koldo, ni Julito Martínez, ni Leire Díez. Es el que empezó la izquierdización del PSOE y el acercamiento a los nacionalismos y a las izquierdas periféricas que han aupado y mantenido a Sánchez en el poder. Si sus explicaciones no son convincentes, Sánchez estará definitivamente en entredicho. Y la militancia y los votantes socialistas no se merecen que la única respuesta sea que se les exija cerrar filas sin hacer preguntas, sin recibir explicaciones, sin depurar responsabilidades.
Que algunos jueces amenazaran a Sánchez en privado antes de la investigación contra su mujer o contra su hermano no puede convertirse en una capa de impunidad para la selección imprudente de una sucesión de colaboradores que han resultado fallidos, porque todos están correlacionados con Sánchez y, además, se está convirtiendo en un lastre electoral. El PSOE no es Ciudadanos ni Podemos. No se va a doblegar ante un asedio mediático y político. Pero en algún momento debe reaccionar ante lo que se acabe probando y ante las responsabilidades de quien ha sido y es su líder supremo.













