El yacimiento que da título a esta columna, con un nombre tan potente, se encuentra en nuestra provincia, en Almassora. Tuve el placer de visitarlo con mi familia hace un par de semanas. Quedé impresionado por el buen nivel de conservación. El poblado quedó sepultado por completo y sobre él se acumuló tierra y crecieron plantas y árboles, preservando bastante bien el contenido. Me dio la impresión de estar ante la Troya que descubrió Schliemann hace ciento cincuenta años. Por fortuna, los tiempos modernos han mejorado mucho las técnicas arqueológicas y se está investigando el lugar con mucha más destreza que antiguamente.
El emplazamiento conserva un buen lienzo de muralla, construida en diversas épocas: edad de bronce (con piedras enormes, ciclópeas), cultura íbera (ligera inclinación hacia el interior) y romana (mucho más elaborada y sólida). Y es que por el lugar, habitado durante más de mil años, pasaron todas estas civilizaciones y, más tarde, en época musulmana, hay testimonios de ocupación parcial (aunque no se sabe si se trataba de un corral o una mezquita rural, lo que resulta curioso). Pese a haber visto fotos, encontrarme con los muros delante me sorprendió gratamente.
Tres datos me llamaron la atención. Ninguno de ellos comprobable al cien por cien, pero en el estudio y divulgación de la prehistoria se necesita cierta imaginación y, para los simples aficionados, nos viene de perlas cualquier curiosidad que resulte evocadora.
Primer dato. Los inicios claros de ocupación habría que situarlos alrededor del 1100 a.n.e., en plena Edad de Bronce Final. Parece ser que en un yacimiento cercano, al otro lado del río Mijares, en un lugar ahora conocido como Villa Filomena, hubo un abandono total. Unos años después, quizá los descendientes de quienes abandonaron aquel lugar, se decidieron por habitar el Torrelló, en lo alto de una colina, con una parte que da a una enorme pendiente que acaba en el río. Se evolucionó, quizá a causa de alguna calamidad, y se buscó una ubicación más segura, donde sus habitantes pudieran estar protegidos de ataques exteriores. El progreso a veces proviene del dolor y la desgracia.
El segundo tiene que ver con los romanos y su conquista de la península Ibérica. A su paso por lo que dos siglos y medio después se denominará la Vía Augusta, hay ciertas evidencias que denotan la posible destrucción, al menos parcial, del poblado íbero que allí encuentran.
Para acabar, el tercero también tiene que ver con los romanos (vaya, un día he de hablar de qué hicieron los romanos por nosotros, por el mundo) y es que el abandono definitivo del poblado como tal parece enmarcarse en la guerra sertoriana que asoló esta parte del mundo y que produjo una gran masacre en Valentia (Valencia). La conjetura de los arqueólogos es que el pueblo fue destruido por las tropas de Pompeyo en esa misma campaña y se inició el abandono definitivo del Torrelló.
La conclusión de estas dos últimas anécdotas es que un lugar lateral, desconocido en las fuentes escritas, tiene vinculaciones con grandes gestas de la historia de la humanidad.
Editor de La Pajarita Roja
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