No puedes citar a nadie ni a nada, es un juego increíble. El poeta Joan Margarit decía que «llibertat és una llibreria», sí, muchas acepciones y algo más. Hace ya años que sucede, es un juego arriesgado invocar desde una tienda de libros. El otro día, entró otra vez la clienta que quiere volver a Alsacia. Antes venía a menudo. Señora muy mayor, bella y con problemas de memoria. Su infancia feliz fue en Alsacia, luego los progenitores la abandonaron o ese es su relato. Octogenaria, muy elegante. Camina rápido y con dignidad con ayuda de un bastón. Busca la manera de volver a su paraíso perdido.
¿Sabes de jardinería? Puede haber algún momento desconcertante pues va cambiando de tema sin demasiado sentido y aún así es una persona muy agradable e interesante a quién no me desagrada, para nada, escuchar. Hay un porcentaje considerable de tiempo en el que se oyen muchas sandeces en una librería, sobre todo de política y otros postureos. Me llamo Teresa, dice, pero no estoy seguro de si es el nombre real. Hace unos años, con ella hubo un inicio de desencuentro por culpa de otra persona más joven, y soberbia, que se molestaba por no comprender realmente la situación. Más fácil es sentir vergüenza ajena por aquellos que nunca empatizan ni en situaciones que, ellas mismas, en un futuro se van a encontrar. Suelen creer que llevan un rey en el cuerpo. Muchos, si tenemos suerte, pasaremos por ahí. Además, quién no ha querido volver a los lugares o a los rincones dónde fueron más felices en la vida. Ese retorno puede traernos algunos riesgos y el más grande de ellos es corroborar que esos instantes, horas, semanas o años… nunca más van a volver. El tiempo es ese tren que pasa una sola vez.
Me llamo Therese, chico, alcánzame ese libro. De joven debía ser muy guapa y le gusta mandar, todavía lo es y sabe dominar la situación aunque en un ratito puedas empezar a notar que disimula e improvisa con inusitada agilidad. Esta interesante señora lucha, como tanta gente, contra alguna de estas malditas enfermedades que nos hacen salir de nosotros y perder la memoria. Aunque esta mujer tiene claro y no para de repetirlo que debe volver a Alsacia. «Cogía muchas flores, hacíamos ramos, era como un cuento, vivíamos en el campo y teníamos muchos amigos, los vecinos éramos una familia y luego mis papás se separaron…» Chico… ¿tienes internet… búscame los precios de hoteles en Alsacia…ah, y un billete de avión barato, míralo, anda…sé amable». El librero que lleva poco tiempo puede titubear o pensárselo dos veces, los que llevamos unos años hace tiempo que aprendimos a fingir. Los que «vivimos» de esto ya hace rato que somos capaces de girar el tercio y seguir el guión de este teatro que es el mundo. El cuento a diario, faltaría más cuando se trata de una persona en esas circunstancias, con ese disimulado y maldito sufrimiento, ahí vamos..
Por suerte, hoy no hay nadie más en la librería y seguimos así un buen rato. Ella soñando con volver al paraíso infantil y servidor, que conocía solamente algún buen vino de la misma región, aprendiendo algo nuevo y sacando petróleo de la auténtica memoria fósil con la sensación de viajar un poquito en el tiempo y en la vida de otra persona que al final es lo que casi es la literatura. Lo que pasa es que jugar con la ficción siempre tiene su precio y también atrae a las musas más retorcidas.
Teresa marchó y no la he vuelto a ver. La última vez, me dió un apretujón y dos besazos. A los libreros nos pasan cosas muy extrañas. Siempre. La magia de las librerías, la magia de los libreros… también desconcierta mucho a ratos. A veces, demasiado, pues al día siguiente y yendo a buscar unos pedidos para un cliente encontré inesperadamente un libro que saldaban que es el de la foto, es un pedazo de libro, una joya, de esos que me gusta coleccionar y encender la luz en la madrugada para comprobar que sigue en su sitio. Las fotos son impresionantes de un tal Rolf A. Stähli y con textos de Jean-Pierre Klein editado por Arthaud en París cuando servidor iba en pantalón corto todo el año, 1979. Una maravilla que me he traído para casa. Teresa no sé dónde paras pero si me acabas leyendo aquí te espero y hay una muy bella sorpresa, por si andas en uno de esos destartalados hoteles solo para muy mayores. Siempre podremos negociar. (Lo mejor de nuestro oficio es que, un par de veces al año, podemos desafiar a la evidencia y retar a esa maldita perra a la cara cuando nos mira, la misma que echa el aliento en el cogote en cuanto bajas la guardia). Aquí aunque no lo creas no hay ficción, hay un librazo y las ganas de perderse en esa región. Un fuerte abrazo.












