Si alguien se acercó a la lengua con mimo, cuidado y con la modestia de aprender de ella para tratar de comprender el mundo que habitábamos ese fue José Manuel Blecua Perdices. Un estudioso de la lengua que desde su discreción y su tranquilidad nunca dudó en defender su sincero amor por la lengua… y por su tierra. Lean si no la siguiente definición: «Es una lengua exacta y precisa que cumple su función de comunicación, y que como el español de otras zonas dialectales tiene algunas característica que, en nuestro caso son el acento, el alargamiento de la cantidad vocal al final de las palabras, el horror al esdrújulo (como platano y medico), y un léxico especial como decir luna a un patio; pero sin que ello interfiera en su comprensión por el interlocutor». Así definió el español que hablamos en Aragón cuando en 2012, el Gobierno de Aragón decidió otorgarle el Premio de las letras aragonesas.
Entonces, Blecua Perdices reivindicó a los profesores de Lengua que tuvo en el Instituto Goya que, según explicó, le enseñaron a amar «la belleza de la lengua» y a entender, como él defendía siempre que le invitaban a pronunciar una conferencia, «que el español es un idioma muy vivo» y de esa forma había que acercarse a él. «El dinamismo en la lengua es propio de su función», decía en una entrevista a este diario en 2012, pero alertaba que hay que tener cuidado con las agresiones «que se producen con la simplificación, al eliminar lo imprescindible (en algunos sectores de jóvenes). Quizá algunos descuidos en la enseñanza repercuten en la pobreza estilística y de vocabulario», señalaba. Aun así, Blecua Perdices siempre hacía gala de su optimismo: «Las modas afectan a la lengua, pero en muchos aspectos es impermeable y siempre se enriquece».
Heredero de una pasión
Ese era Blecua, heredero de una tradición familiar de filólogos y consciente de que su verdadera pasión era convivir con la lengua y, sobre todo, enseñarla, de hecho, fue profesor de instituo y de universidad y oírle hablar siempre era como asistir a una de sus clases magistrales. Hace dos años, el Instituto Cervantes decidió abrir uno de los habitáculos de su Caja de las letras a la familia Blecua (su hermano Alberto, fallecido antes que él, también fue un destacado lingüista).
José Manuel Blecua legó en la caja de seguridad toda una declaración de intenciones, un ejemplar de la ‘Gramática Española’ (1975), un tomo de la ‘Nueva gramática de la lengua española’ (NGLE), ‘Fonética y Fonología’ y su discurso de ingreso en la RAE.
«Estoy muy contento, pero creo que es inmerecido», decía el catedrático con gran modestia en uno de sus reconocimiento, ya que al recordarle su trayectoria hacía extensivos sus méritos a los grandes lingüistas que ha dado esta tierra «que además ha creado una gran tradición de directores de la RAE, que comenzó con Miguel Asín y siguió con Pedro Laín, Manuel Alvar y Lázaro Carreter», recordaba. Todos han marcado el camino de Aragón que ahora se queda si uno de sus más ilustres amantes de la lengua, que será la primera que le eche de menos.















