Un estudio publicado en la revista Nature muestra que uno de cada seis niños que utilizan Internet experimenta al menos una forma de explotación y abuso sexual facilitados por la tecnología: la mayoría no lo cuenta a nadie y las vías formales de denuncia siguen siendo escasamente utilizadas.
Un equipo internacional de investigadores pertenecientes a la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, la Universidad de Cambridge y la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, entre otras instituciones, concluye en un reciente estudio que la explotación y el abuso sexual online alcanzan una escala alarmante entre adolescentes conectados a Internet en África y Asia.
La investigación analizó datos de 11.912 niños y adolescentes de 12 a 17 años en 12 países de África oriental y meridional y del sudeste asiático, recogidos entre 2020 y 2021 en el marco del proyecto Disrupting Harm. El hallazgo central, que se resume en un estudio publicado en Nature, es claro y contundente: uno de cada seis usuarios de Internet de ese grupo etario reportó haber sufrido al menos una forma de violencia sexual online, entre ellas grooming, solicitudes sexuales, difusión no consentida de imágenes íntimas o sextorsión.
El fenómeno podría ser global
Los autores subrayan que el fenómeno no puede leerse como un problema marginal ni como una suma de casos aislados. En la muestra estudiada, la prevalencia estimada fue del 17 %, con un intervalo de confianza del 16,2 % al 17,8 %, lo cual equivale a más de 10 millones de niños expuestos en el conjunto de países analizados.
De acuerdo a una nota de prensa, esa cifra no debe extrapolarse de manera directa a toda la población infantil mundial, aunque sí apunta a una tendencia preocupante que podría estar subestimada por el estigma, el miedo y la vergüenza que suelen rodear estas experiencias.
Un porcentaje mínimo de casos es denunciado formalmente
El estudio también revela una fuerte brecha en cuanto a las denuncias. De los menores que dijeron haber atravesado alguna forma de explotación o abuso sexual facilitado por tecnología, el 51 % no se lo contó a nadie. Entre quienes sí lo hicieron, la mayoría recurrió a canales informales: 46 % habló con amigos, 26 % con hermanos, 21 % con madres y 20 % con padres.
Por el contrario, apenas un 3 % acudió a la policía, 3 % a líneas de ayuda, 3 % a trabajadores sociales y 9 % a docentes. Los investigadores destacan que la divulgación suele comenzar en el círculo cercano y que los canales formales siguen siendo poco utilizados, incluso en episodios graves.
Referencia
Technology mediation in child sexual exploitation and abuse in Africa and Asia. Sakshi Ghai et al. Nature (2026). DOI:https://doi.org/10.1038/s41586-026-10525-4
Las razones para no denunciar también ofrecen una pista sobre la magnitud del problema. Entre las barreras más frecuentes aparecen no saber a quién contarle lo ocurrido, el temor a la vergüenza o a consecuencias familiares y la desconfianza en que algo vaya a cambiar.
Sin embargo, la mediación parental activa y el conocimiento sobre dónde buscar ayuda se asocian con mayores niveles de revelación, mientras que los adolescentes mayores tienden a callar más. Para los científicos, esto indica que la prevención no puede limitarse a reaccionar después del daño: debe incluir educación temprana, apoyo adulto y sistemas de respuesta accesibles y confiables.















