«Llévala al barrio, mi amor». Si el fútbol fuera literatura, el final habría estado escrito hace tiempo. La fascinante historia del «puto Rayo», como lo llaman sus enamorados, no podía acabar mal. Tenía forzosamente que terminar bien, con el mito Óscar Trejo levantando en Leipzig una Conference League jamás soñó. Pero el fútbol, ay, tiende con demasiada frecuencia a pivotar sobre los recursos narrativos del anticlímax y a siluetear almas condenadas al tormento eterno por un poderoso anhelo frustrado.
«Llévala al barrio, mi amor», se leía en la pancarta desplegada por los 12.000 vallecanos que invadieron Leipzig. La recogieron, mientras el codiciado título ponía ya rumbo en las vitrinas del Crystal Palace, con el mismo orgullo con el que la habían desplegado dos horas antes. No, el Rayo, mi amor, no fue capaz de llevar la copa al barrio, pero no hay reproche posible para los hombres de Iñigo Pérez.
Este Rayo hoy desconsolado se recordará para siempre por su genuina representación de lo que es el club, su afición, el barrio. Hoy y durante toda una temporada en la que desafiaron las leyes más elementales sin dejar nunca a un lado su identidad. Al contrario, profundizando en ella con una determinación inquebrantable. Lo mismo en un kebab de Vallecas que en medio de una final.
Aficionados del Rayo en la final de la Conference. / FILIP SINGER / EFE
Batalla lo entendió todo
Porque el Rayo, en realidad, se explica en un gesto heterodoxo de Augusto Batalla cuando la ilusión aún vivía. En el minuto 35, se sentó en el césped y el rayismo tembló durante unos segundos. Pero no, no estaba lesionado. El arquero argentino, quien bien podría ser originario del barrio de San Diego, observó una emergencia médica en la grada y no dudó en llamar la atención del árbitro, pese al riesgo de que al sentarse desprotegiera su portería.

Isi Palazón durante la final. / FILIP SINGER / EFE
El colegiado paró el partido mientras los sanitarios atendían al hincha rayista que se había resbalado y golpeado la cabeza en el graderío. Pocos minutos después, el árbitro ordenó la reanudación, mientras Batalla, insumiso, le gritaba a voces que no se podía jugar hasta que el seguidor vallecano fuera evacuado. No le quedó más remedio que seguir jugando a regañadientes.
Una primera parte controlada
Era la primera intervención de Batalla en todo el partido, pues el Palace fue incapaz de generar peligro en esa primera parte hasta que, ya en el descuento, Mitchell cabeceó fuera desde el área pequeña y sin oposición alguna. Otro susto, este deportivo, tras dos ocasiones de Alemao y Unai López, para un empate a nada justo en el descanso.
Todo se movía en el plano de la intrascendencia, una buena noticia para un Rayo que no era el favorito en la final. Hasta que de repente, Wharton encontró camino limpio en una conducción, sacó un latigazo lejano y Batalla solo acertó a despejar al corazón de sus dominios. Y ahí, con la daga preparada, estaba Mateta listo para ajusticiar a los vallecanos.
Cinco minutos después, en pleno aturdimiento, Yeremy Pino amenazó con el derrumbe total con una falta directo que rebotó en los dos postes. Se recompuso el Rayo, aún con más de media hora por delante, pero ya no hubo manera de agrietar al rocoso Palace. La copa no se fue el barrio, pero este equipo, mi amor, pervivirá siempre en el corazón de sus calles. Ojalá el fútbol fuera literatura.

Dos aficionadas del Rayo en el estadio de Vallecas, viendo la final por pantalla gigante. / Victor Lerena / EFE
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